diumenge, 1 de novembre de 2015

Danone: de Salónica a Barcelona



Cuando era pequeño, por lo menos en mi entorno más cercano, el substantivo danone se solía utilizar como genérico por yogur (trátase de una eponimia, un tipo de metonimia en virtud del cual un nombre propio –en este caso, una marca comercial— pasa a designar el genérico del producto en cuestión, igual que celo, papel albal, pan bimbo, támpax, nocilla…), de manera que mi madre, cuando habíamos terminado de cenar, solía preguntarnos a mí y a mis hermanos: “¿Queréis un danone?”, y mi abuela hacía un delicioso “pastel de danone”.

No recuerdo exactamente cuándo substituí danone por yogur en mi vocabulario personal, pero intuyo que lo hice en algún momento del tránsito de la niñez a la adolescencia. Sea como fuere, tengo la impresión de que el uso eponímico de esta marca comercial ha desaparecido del mapa ya casi por completo (salvo en la locución cuerpo danone, como bien ha resaltado la traductora Scheherezade Surià).

El caso es que leyendo el espléndido libro El olivo que no ardió en Salónica, de Manuel Mira (La esfera de los libros, 2015), me he llevado la gratísima sorpresa de descubrir que el yogur Danone nació en 1919 ni más ni menos que en Barcelona, concretamente en el carrer dels Àngels del barrio del Raval de la capital catalana, obra del judío sefardí salonicense Isaac Carasso Nehama, que huyendo, primero, de la Primera Guerra Balcánica (1912-1913) y de los convulsos y peligrosos días que entonces se vivían en su ciudad natal (la Salonik sefardí y otomana, la Tesalónica griega), y, más tarde, de la Primera Guerra Mundial, en diciembre del 1916 decidió instalarse con su familia en la que siempre había considerado su patria emocional, Sefarad.

Cuenta el magnífico libro de Manuel Mira que, estando en Barcelona, cuando Isaac Carasso acudió a registrar legalmente su producto había decidido que su nombre fuera Danón, pues así era como toda la familia llamaba a su hijo Daniel, con este cariñoso diminutivo. Sin embargo, el funcionario de turno se negó a registrar tal nombre aludiendo a que no era de recibo bautizar un producto con un nombre propio de persona (“un nombre familiar”), obstáculo que Isaac Carasso resolvió allí mismo optando por disimular el antropónimo de su hijo añadiéndole una e al final.

Narrativamente, el libro de Mira combina dos planos temporales: el presente, en que un moribundo Daniel Carasso Muzafia (falleció en París en el 2009, con 103 años de edad), postrado en la cama, recuerda –entre delirios— episodios de su agitada vida, y el pasado, que arranca precisamente con el nacimiento del pequeño Danón (1905) como primogénito del matrimonio de judíos sefardíes de Salónica formado por Isaac y Esther (Esterina).

Durante los primeros años de vida de Daniel, el protagonismo de la historia corresponde a Isaac, un emprendedor, culto y políglota comerciante sefardí salonicense que sueña con un día poder comercializar el jaurt búlgaro (“leche ácida de fácil digestión”) que descubre en el mercado de su ciudad gracias al pastor Vanyo, con quien entabla una entrañable amistad y quien le enseña el secreto de su elaboración en una visita a su lejana Tran.

En esta primera parte del libro, Manuel Mira, con evidente habilidad narrativa, nos ilustra sobre la vida de los Carasso en una Salónica aún perteneciente al ya decadente Imperio Otomano, entonces dominada demográfica, social y culturalmente por la próspera comunidad de judíos sefardíes (en 1913 tenía 61.439 miembros, de un total de 157.889 salonicenses, o sea, casi el 40 % de la población de la ciudad), cuya lengua, el ladino o judeoespañol, se ha convertido prácticamente en lingua franca de la ciudad macedónica.

Y digo habilidad porque Mira consigue dar vida en la imaginación del lector a muchos de los escenarios salonicenses en los que se desarrolla la narración: la calle Ancha donde está la casa familiar, con el olivo plantado en el jardín que da título a la obra; la librería Molho, donde tiene lugar una culta tertulia sefardí; la plaza de la Libertad, donde en 1908 se canta la “Marsellesa salonicense” (1), en judeoespañol (obra del sefardí Alberto Taragano, cuyo apellido indica un probable origen familiar tarraconense) al estallar la revolución de los Jóvenes Turcos, y también donde los judíos serán humillados públicamente por los nazis el 11 de julio del 1942; las callejas del barrio judío, donde la chiquillería juega, en ladino, a los cuescos y a la fuyca; las sinagogas, a las que acuden los diversos kal de la ciudad, entre los que están el aragonés y el catalán; el golfo Termaico (“Salónica, la perla del Egeo”, por todos codiciada)…   

Son estos primeros años del siglo XX momentos convulsos para la ciudad y la comunidad sefardí, que vive con entusiasmo –pero también inquietud— el acceso al poder del nacionalista partido de los Jóvenes Turcos (uno de cuyos cabecillas, Emanuel Karasu, fundador de la primera logia masónica de Macedonia, es tío de Isaac) y los movimientos de los países vecinos por conquistar la apetecida Salónica, entonces aún en poder de un Imperio Otomano en descomposición. Son años en que se especula, incluso, con la posibilidad de que la Jerusalén sefardí o de los Balcanes (la segunda ciudad en importancia de todo el imperio con presencia sefardí, después de la capital, Constantinopla –hoy, Estambul—) se convierta en una especie de ciudad-estado independiente con la aprobación y bajo la protección de las grandes potencias europeas, una especie de “ciudad de los judíos” (vislumbrando, en cierto modo, la creación, en 1948, del Estado de Israel, patria de todos los judíos del mundo).

La mayoría de rutas de la diáspora judía de 1492 confluían en Salónica (Wikipedia).
 
Sin embargo, estos anhelos de tantos sefardíes de Salónica no llegaron a fructificar nunca y la ciudad fue tomada, en octubre del 1912, por los griegos e integrada a un estado cuyo máximo dirigente, Venizelos, aplicó en la ciudad desde el principio una política ferozmente antisemita cuyo fin era rehelenizarla diluyendo la fuerte presencia sefardí.

Este es precisamente el momento, tras los dos años de la Primera Guerra Balcánica, en que Isaac Carasso (que asiste todos los días a la tertulia cultural y política que varios sefardíes influyentes de la ciudad mantienen en la librería Molho, de Benjamín Molho –del kal de Cataluña—, donde tienen acceso a la prensa internacional) decide abandonar Salónica con su mujer Esterina y sus hijos Daniel, Flor y Juana e instalarse en Lausana (Suiza), donde empezará a comercializar su yogur búlgaro. Será entonces cuando Isaac recuerde las palabras de su padre: “Nosotros, los sefardíes, estamos condenados a huir”.

Ha sido también en estos momentos convulsos del relato cuando hemos conocido la figura del diplomático catalán (de Reus) Antonio Suqué, cónsul español en Salónica, que entabla amistad con Isaac Carasso y trata de ayudar a los sefardíes, anticipando, en cierto modo, el decreto del 20 de noviembre del 1924 de Miguel Primo de Rivera de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes protegidos.

Posteriormente, en 1916, los Carasso se trasladarán a Barcelona, donde el pater familias registrará su yogur en una ciudad que por aquel entonces era una de las más avanzadas y abiertas de Europa y empezará a venderlo en las farmacias como producto apropiado para las molestias estomacales.  En la ciudad condal, sin embargo, fallecerá Esterina, en 1917, un año trágico para Isaac Carasso, puesto que es también entonces cuando se declara el incendio de Salónica, que devasta casi por completo el barrio judío (diez mil familias quedarán sin vivienda) y  cuya consecuencia es que la ciudad pierde su especifidad judía (Esther Benbassa y Aron Rodrigue: Historia de los judíos sefardíes. De Toledo a Salónica). En otras palabras, es el primer golpe mortal al alma sefardí de Salónica (el segundo, definitivo, lo propinarán el Holocausto y la emigración posterior a la Segunda Guerra Mundial). No obstante, en medio de tal tragedia, de Salónica le llega a Isaac la noticia de que, aunque la casa de la calle Ancha ha sido pasto de las llamas, soprendentemente el olivo alrededor del cual daba vueltas Estrella, la matriarca, ha sobrevivido de manera heroica, como metáfora de la resistencia de la familia.

Con el tiempo, el joven Daniel, con una visión comercial más moderna que la de su padre, decide trasladarse a Francia, donde la marca Danone conocerá su gran éxito mundial, que la llevará a expandirse a los mismísimos Estados Unidos, bajo el nombre comercial de Dannon. Por otro lado, el estallido de la Guerra Civil española provocará que Isaac Carasso y parte de su familia se instalen en Francia, donde el patriarca del clan fallece en 1939.

Más adelante, sin embargo, la fatalidad vuelve a aparecer en la vida de esta familia sefardí (“Somos un pueblo que venimos de la oscuridad y regresaremos a la oscuridad”, exclama en un momento de la historia Abrabanel, sefardí napolitano), de manera que en 1941, en plena invasión nazi de Francia, Daniel Carasso y su esposa Nina deciden huir a Estados Unidos. En cambio, su hermana Flor y el marido de esta, Jacques Levi, deciden permanecer en el país y son detenidos en junio del 1942 en la tristemente famosa redada del Velódromo de Invierno de París. Tras conseguir sobornarlo, un funcionario francés permite que los hijos del matrimonio, Henri (Enrique) y Jean (Juanito), sean recogidos por su profesora de música, quien, con la inestimable ayuda de Bernardo Rolland de Miota (2), cónsul español en París (Justo entre las Naciones), logrará mandarlos sanos y salvos a Barcelona. No es el caso de sus padres: Flor muere gaseada en Auschwitz, mientras que Jacques sobrevive al infierno de Bergen-Belsen. Una vez liberado, lo mandan a Moscú, donde responderá a Clementine Hozier, mujer de Churchill, que le pregunta de dónde es: “Soy francés, señora. Tengo pasaporte griego. Mi corazón es español. Soy judío sefardí. Mis abuelos se asentaron en Salónica, cuando era turca. Es una larga historia como ve…”. En cuanto a Daniel, toda la vida le acompañará el remordimiento de no haber hecho lo suficiente por salvar a su hermana del alma: “Hay maletas llenas de miedo y maletas llenas de dolor. Han sido mi equipaje en la vida”.
Daniel Carasso, en 2009, poco antes de morir (foto: Jacky Naegelen/Reuters).

¿Y el olivo? Volvamos a Salónica. En 1940 se cuentan unos 56 mil judíos en la ciudad. El 9 de abril del 1941 los nazis entran en la Jerusalén sefardí, mientras que el 11 de julio del año siguiente en la plaza de la Libertad tienen lugar los lamentables hechos ya narrados. También en ese momento se lleva a cabo la nefanda destrucción del cementerio judío, en cuyo lugar se alza hoy día la Universidad de Salónica.

Pero lo peor estaba por llegar: en 1943 comienzan las deportaciones, y el 15 de marzo parte de Salónica el primer tren con destino a Auschwitz-Birkenau, donde 37.386 personas mueren gaseadas y, en los meses siguientes, casi la totalidad de presos judíos salonicenses. A finales de agosto de 1943, Salónica es ya casi una ciudad judenrein. En 1945 solo quedan vivos 1.950 judíos: ha perecido el 96 % de la comunidad judeoespañola: más de 450 años de vida sefardí se pierden para siempre. Parece ser que el olivo de la calle Ancha, que sobrevivió al devastador incendio de 1917, no ha resistido esta vez: “¡Pobre Salónica, qué ha sido de ella!”.

Notas
(1) “Alegradvos, mis hermanos, / que el día grande ya arribó; / apretemos nuestras manos / con querencia y amor”.

(2) La lectura del libro coincidió con los últimos días la magnífica exposición “Barcelona, refugi de jueus” en el Museu d’Història de Catalunya (octubre del 2015), donde descubrimos la figura de este diplomático español que tantas vidas de judíos salvó, yendo en contra del embajador de España en París, el germanófilo José Félix de Lequerica.