dimarts, 1 de juliol de 2014

Siguiendo la huella de Elias Canetti en Bulgaria

                  Instituto técnico Elias Canetti de Ruse (Bulgaria).
 
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La primera vez que oí hablar del escritor Elias Canetti (1905-1994) fue el 5 de julio de 1985, cuando Jürg Wagner, vicerrector del Realgymnasium Rämibühl de Zúrich, me regaló el libro Die gerettete Zunge. Geschichte einer Jugend (Fischer Taschenbuch Verlag, marzo 1984) de Elias Canetti, con la siguiente dedicatoria, escrita en un castellano correctísimo: “Para Xavier Brotons, con los mejores saludos y en memoria de un año en la famosa escuela Rämibühl en Zúrich.”
 
Resulta que aquel curso académico 1984-1985 quien esto firma lo había cursado en ese instituto de la ciudad de Zúrich, en el marco de una experiencia de convivencia con una familia autóctona (en el pueblecito de Mettmenstetten, en el cantón de Zúrich). Pues bien, en la comida de despedida a la que me invitó el simpático directivo del Realgymnasium este me explicó que Elias Canetti, galardonado con el Premio Nobel de Literatura sólo cuatro años antes –en 1981—, había estudiado de joven en esa escuela.
 
Leí el libro primero en su versión original y, más tarde, en la traducción castellana (La lengua salvada, volumen II de las obras completas de Elias Canetti, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona 2003, traducción de Genoveva Dieterich). 

‘La lengua salvada’
Este primer volumen de la autobiografía de Canetti narra los dieciséis primeros años de su vida (1905-1921) y fue fundamental para que le concedieran el Premio Nobel. Además, el escritor concibió este libro como regalo para su hermano pequeño, Georges Canetti (1911-1971), que estaba enfermo, con la esperanza de que la lectura de sus memorias pudiese aliviar su enfermedad, aunque Elias Canetti llegó tarde, ya que su hermano murió en 1971 y el libro no se publicó hasta 1977. 
Leyendo La lengua salvada, pues, supe que Elias Canetti había nacido en 1905 en Rustschuk (actualmente Ruse), en Bulgaria, en el seno de una familia de comerciantes judíos sefardíes (es decir, descendientes de los judíos expulsados de la Península Ibérica en el siglo XV). Este primer volumen de la autobiografía de Canetti es muy ‘lingüístico’, como en cierta ocasión me hizo ver mi buen amigo Eduardo. No en vano, el escritor cuenta que su lengua materna fue precisamente el sefardí o judeoespañol (también conocido como ladino o judesmo), o sea, el castellano hablado por los descendientes de los judíos expulsados de la Península, una lengua que la comunidad sefardí conservó plenamente durante siglos después de la expulsión, aunque hoy en día se halle inmersa en un proceso de substitución lingüística muy avanzado (Schmid 2007: p. 9-33.)

Ahora bien, especialmente en sus primeros años de vida, Canetti estuvo expuesto al multilingüismo, empezando por el de su ciudad natal, como él mismo cuenta en La lengua salvada (a partir de ahora, citaré siempre por la edición de Círculo de Lectores): “Rustschuk, en el curso bajo del Danubio, donde vine al mundo, era una ciudad maravillosa para un niño, y si digo que se hallaba en Bulgaria doy una idea insuficiente de ella, ya que allí vivían gentes del más variado origen, en un día se podían oír siete u ocho lenguas diferentes. Además de los búlgaros, que a menudo procedían del campo, había muchos turcos, que habitaban en su propio barrio, y lindando con este se hallaba el barrio de los sefardíes, el nuestro. Había griegos, albaneses, armenios, gitanos. De la orilla opuesta del Danubio venían rumanos” (p. 8).
Y más adelante también afirma lo siguiente: “[En Rustschuk] se hablaba a menudo de lenguas, solo en nuestra ciudad se hablaban siete u ocho diferentes, todos entendían algo de cada una, únicamente las chicas búlgaras que venían de los pueblos sabían solo búlgaro y por eso se las tenía por ignorantes. Todos enumeraban las lenguas que conocían, era importante dominar muchas, gracias a su conocimiento podía uno salvar la vida o salvársela a otro” (p. 39).

Por otra parte, el mismo título de este primer volumen de su autobiografía, La lengua salvada, revela la importancia que la expresión lingüística tuvo en la vida de Elias Canetti. Y es que el título del libro hace referencia a una anécdota con la que el escritor comienza su relato y que confiesa que es su primer recuerdo vital: cómo el amante de su niñera, cuando Canetti apenas tenía dos años, lo ‘amenazaba’ con cortarle la lengua para que no explicara los encuentros secretos con su amada, amenaza que, lógicamente, nunca cumplió (de ahí la “lengua salvada”).
Por lo tanto, Elias Canetti vivió los primeros seis años de su vida en Rustschuk, una ciudad que hasta la proclamación de la independencia de Bulgaria (1878) había pertenecido al Imperio Otomano; una ciudad, además, que era un importante puerto fluvial a la orilla del Danubio, que en ese tramo hace de frontera natural entre Bulgaria y Rumania. De hecho, cuando se proclamó la independencia del país balcánico, Rustschuk era la ciudad más grande (11.300 habitantes), rica y activa económicamente de Bulgaria (Trankova 2001: p. 87).

En este primer período de su existencia, la lengua familiar de Canetti (aquella con la que se relacionaba con sus padres, sus abuelos paternos y maternos y sus otros parientes) era el judeoespañol, a pesar de que sus padres solían hablar entre ellos en alemán (Su matrimonio se había realizado esencialmente en ese idioma [...]”, p. 99), ya que los dos habían estudiado de jóvenes en un internado en Viena, ciudad que era un punto de referencia importante para la comunidad sefardí de Ruse y a la que se desplazaban navegando por el Danubio en un trayecto que duraba cuatro días (Rustschuk llegó a ser conocida como la “pequeña Viena”).

Posteriormente, en 1911, la familia del escritor se trasladó a Manchester por el negocio de su padre, quien poco después murió allí de un infarto. En cuanto a la lengua familiar, en esta corta estancia en Inglaterra ya se produjo un cambio importante en la biografía lingüística de Canetti: “Con nosotros, los niños, [mi padre] empezó a hablar siempre en inglés, y el español, que hasta entonces había sido mi lengua, pasó a un segundo plano y ya solo se lo escuchaba a otros parientes, especialmente a los mayores” (p. 56). (Este último comentario del escritor es harto interesante, pues demuestra que ya a principios del siglo XX el proceso de substitución lingüística del judeoespañol afectaba ya a las generaciones más jóvenes.)

                                         Elias Canetti.
Después de la trágica muerte de su marido, en 1913, la madre de Canetti, viuda, decide irse a vivir a Viena con sus dos hijos y enseñarle el alemán al primogénito. A partir de este momento, el alemán se convertirá en la primera lengua de Canetti, en la que escribió todas sus obras. Todo ello lo cuenta el propio Canetti: “Mis padres hablaban entre sí alemán cuando querían que no les entendiera. Con nosotros, los niños, y con todos los familiares y amigos hablaban español. Esta era la lengua habitual, un español arcaico, desde luego, que más tarde seguí oyendo y nunca he olvidado. Las muchachas campesinas de casa solo hablaban búlgaro, y sin duda yo lo aprendí principalmente con ellas. Pero como nunca fui a una escuela búlgara y abandoné Rustschuk a los seis años, muy pronto lo olvidé por completo. Todos los hechos de esos primeros años se producían en español o en búlgaro. Más tarde se me tradujeron en gran parte al alemán. Solo sucesos especialmente dramáticos, como un asesinato o un crimen, y los terrores más extremos se me han quedado grabados textualmente en español, muy precisos e indelebles. Todo lo demás, es decir, la mayor parte, y especialmente todo lo búlgaro, como los cuentos, lo llevo en la cabeza en alemán” (p. 16).
Sin embargo, la adquisición del alemán por parte de Elias Canetti comenzó siendo traumática. El propio escritor explica cómo, antes de instalarse en Viena, su madre decidió pasar los tres meses de las vacaciones de verano en Lausana (Suiza). Ahí fue donde empezó a enseñarle el alemán a su hijo con la idea de que pudiera iniciar el curso escolar en Austria con buenos conocimientos de este idioma. Sin embargo, el aprendizaje fue duro, y Canetti temía las reprimendas, el sarcasmo y la burla de su madre cada vez que se equivocaba: “Mi madre empezó a hablar conmigo en alemán, también al margen de las clases [...] Por eso me obligó a hacer en tan poco tiempo un esfuerzo que estaba por encima de las capacidades de cualquier niño” (p. 98-99). Sin embargo, finalmente,“[...] poco después se inició un período de felicidad que me ligó indisolublemente a esta lengua” (p. 99).

De suerte que, como escribe el propio Canetti, desde aquel instante el alemán se convirtió en su lengua: “[...] está claro que en Lausana, donde oía hablar francés a mi alrededor, idioma que aprendí de paso y sin complicaciones dramáticas, renací a la lengua alemana bajo los auspicios de mi madre, y entre los dolores de este parto nació una pasión que me unió a las dos, a esta lengua y a mi madre. Sin ellos, que en el fondo era una y la misma cosa, el curso posterior de mi vida sería absurdo e incomprensible” (p. 103-104).

Después de dos años de estancia en la capital de Austria, en 1916 la madre de Canetti se traslada con sus hijos a Zúrich, ciudad en la que residirá la familia hasta 1921 (momento en el que acaba esta primera entrega de las memorias del escritor) y donde asistirá al Realgymnasium Rämibühl, la escuela donde yo estudié en el curso 1984-85.
 
Visitando Rustschuk/Ruse

En el verano de 2012 Elena y yo decidimos visitar Bulgaria, en los Balcanes, una zona que hasta los años 20 del siglo pasado había estado bajo el dominio bien del Imperio Otomano bien del Imperio Austrohúngaro, dos entidades políticas que albergaban en sus límites territoriales pueblos muy distintos entre sí en cuanto a lengua, religión y etnia.

En nuestro viaje decidimos visitar la capital, Sofía, y una ciudad, Veliko Târnovo, que todas las guías recomendaban, que además la definían ampulosamente como “la reserva espiritual de Bulgaria”. Finalmente,  añadimos a nuestra ruta Ruse, la antigua Rustschuk natal de Elias Canetti, con la esperanza de hallar alguna huella de la presencia del ilustre escritor búlgaro sefardí en lengua alemana.

Sin embargo, para empezar, lamentablemente, la guía de Bulgaria de El País-Aguilar no decía absolutamente nada acerca de Canetti en las dos páginas dedicadas a Ruse, lo cual nos hizo temer que entre los actuales habitantes de la ciudad la memoria de tan ilustre conciudadano hubiera caído en el olvido.

No obstante, nuestro estado de ánimo cambió radicalmente la mañana que visitamos la preciosa e imponente Sinagoga Central de Sofía, la sinagoga sefardí más grande de Europa. Pues bien, a la salida dimos de casualidad con una librería, donde descubrimos –y compramos— el libro A guide to Jewish Bulgaria (de Dimana Trankova y Anthony Georgieff), que nos proporcionó una información muy interesante y de gran valor sobre la comunidad judía de Bulgaria.

Así pues, en el apartado dedicado a Ruse encontramos todos los datos sobre Elias Canetti de que carecían las guías turísticas convencionales. Respecto a la antigua Rustschuk, el libro nos informa de que la ciudad fue antaño conocida como “la pequeña Viena”, ya que en ella vivía la comunidad judía más próspera y más europeizada de toda Bulgaria. Así, tal y como Canetti explica en su biografía, Viena era la ciudad donde iban a estudiar los hijos de los ricos comerciantes judíos de Ruse, mientras que muchos otros también se dirigían allí si tenían que visitar a algún médico especialista.
Los judíos que se establecieron en Rustschuk –muy mayoritariamente sefardíes— llegaron hacia 1780, principalmente en dos grupos: uno procedente de Adrianópolis (la actual ciudad turca de Edirne, en Tracia) y otro de Belgrado y Niš (Serbia), tres ciudades que entonces formaban parte del Imperio Otomano. De hecho, Canetti nos cuenta que sus abuelos paternos, los Canetti, procedían de Adrianópolis (así llamada por su fundador, el emperador romano Adriano) y tenían la nacionalidad turca. En cuanto a la familia de la madre de Elias Canetti, los Arditti, también sefardíes, estos procedían de Livorno, en Italia (donde habían vivido en el siglo XVI), y eran una de las familias más ricas e influyentes de Rustschuk. De hecho, cuando se fundó el Estado de Israel (1948), uno de los miembros de la familia, Benjamin Arditti, llegó a ser diputado de la Knesset y escribió muchos libros sobre el ladino y la historia de los judíos de Bulgaria. 

No obstante, a pesar del aspecto europeo de Rustschuk en comparación con otras ciudades búlgaras importantes, lo cierto es que en varias partes de su autobiografía Canetti recuerda que todo el país era considerado demasiado oriental por una parte de la comunidad sefardí, que anhelaba vivir en Europa: “El resto del mundo se llamaba allí [en Rustschuk] Europa, y cuando alguien viajaba Danubio arriba rumbo a Viena se decía que iba a Europa, Europa empezaba allí donde el imperio otomano terminaba antaño” (p. 9). 

Sea como fuere, uno de los destinos principales de los judíos expulsados en 1492 fue el Imperio Otomano, que los acogió con los brazos abiertos porque eran buenos comerciantes, lo que explica que en los Balcanes hubiera dos ciudades con una muy fuerte implantación de la comunidad sefardí: Estambul y Salónica. (Respecto a la ciudad griega, Primo Levi, en Se questo è un uomo, proporciona dos testimonios de que los judíos de Salónica –que controlaban el mercado negro del campo de concentración donde estuvo preso el escritor italiano durante la Segunda Guerra Mundial— hablaban judeoespañol: “Questi pochi superstiti della colonia ebraica di Salonicco, dal duplice linguaggio, spagnolo ed ellenico [...] sono i depositari di una concreta, terrena, consapevole saggezza [...]” (p. 72); “Il quinto giorno venne il barbiere. Era un greco di Salonicco; parlava solo il bello spagnolo della sua gente [...]” (p. 135). 

Sefardíes y asquenazíes en Rustschuk
En Rustschuk, los judíos pertenecían a dos grupos diferenciados entre sí: los sefardíes (mayoritarios) y los asquenazíes (judíos originarios de Europa Central y Europa del Este (minoritarios)), que además vivían separados. El barrio de los sefardíes, tal como explica Canetti, se hallaba al lado del de los turcos, entre las actuales calles de Borisova, Diecinueve de Febrero, Neofit Bozveli y Slavyanska, y destacaba por sus elegantes edificios adornados (que albergaban los negocios o las viviendas de los ricos comerciantes judíos), que imitaban la arquitectura vienesa (concretamente, el estilo modernista Sezession), una parte de cuyo esplendor todavía es visible hoy en día, o por lo menos imaginable, bajo la decadencia de sus fachadas desconchadas y sus balcones medio derruidos. También la calle de Aleksandrovska alberga las espléndidas casas de los judíos de Rustschuk, en diversos grados de conservación.
Por otro lado, el barrio sefardí, además, contaba con una sinagoga, sita en el número 8 de la calle Aksakov. En los años noventa del siglo XX, la vieja sinagoga de los judeoespañoles fue vendida a la americana Iglesia de Dios de la Profecía. Se ha conservado parte de su interior, pero la enorme estrella de David tallada en madera de la cúpula ha sido tapada, mientras que por doquier hay escritos que refieren la “proeza” de haber convertido una “sinagoga judía” en un “templo cristiano” (Trankova 2001: 89).
Según cuenta Canetti en varios pasajes de su autobiografía, los judíos sefarditas estaban convencidos de su superioridad respecto a los asquenazíes, supremacía que, debido a su origen español, exhibían orgullosamente llamando a estos últimos despectivamente todescos: “[Los sefarditas] eran judíos creyentes, para los que su comunidad religiosa significaba mucho y constituía, sin exagerar, el centro de sus vidas. Pero se creían judíos de un tipo especial, y eso tenía que ver con su tradición española [...] Con superioridad ingenua se menospreciaba a otros judíos, una palabra que siempre estaba cargada de desprecio era todesco, referido a un judío alemán o askenasi. Hubiera sido impensable casarse con una todesca [...]” (p. 9-10). 

Ruse y la huella de Canetti

Pero regresemos a Ruse. Debo decir que, de entrada, la ciudad me decepcionó un poco: habiéndonos apeado del tren que nos había conducido desde Veliko Târnovo y de camino hacia el centro de la ciudad, Ruse se me apareció menos europea de lo que me había imaginado por mis lecturas. 

Menos mal que a mitad de camino, una visión inesperada me hizo recuperar la alegría: a la izquierda, en una inscripción que había en la pared, reconocí el rostro de nuestro escritor, debajo del cual estaban escritas unas siglas y la leyenda “Elias Canetti (1905-1994)”, todo en cirílico. ¡Se trataba de un instituto técnico de la ciudad que llevaba el nombre de su ilustre hijo!
 
Después, siguiendo las indicaciones de la guía en inglés sobre la comunidad judía de Bulgaria, visitamos todos los vestigios urbanos relacionados con Canetti. En pleno barrio antiguo sefardí, fuimos hasta la casa que había sido la tienda de venta de alimentos al por mayor del abuelo del escritor, el abuelo Canetti de Adrianópolis, descrita en La lengua salvada (calle Slavyanska, 12). En la fachada, una placa recuerda el interés arquitectónico del edificio; la casa estaba cerrada, pero posteriormente averiguamos que es conocida como Casa Canetti y que se trata de un centro patrocinado por la Sociedad Internacional Elias Canetti, con sede en Ruse. 

  Inscripción en la fachada de la Casa Canetti de Ruse (Bulgaria).
Muy cerca de allí está la plaza que lleva el nombre del escritor. Sin embargo, la primera impresión fue decepcionante: más que de una plaza convencional, más bien se trata de una calle que se ensancha en aquel punto. El sitio es feo, y el monumento dedicado al escritor, aparte de ser pequeño y estar oxidado, comparte el espacio con una señal de tráfico y está al lado de un bar de estética horrible llamado “Las Vegas”. Al menos, en el monumento están inscritas, en búlgaro, unas palabras  que el escritor dedica a su ciudad natal en La lengua salvada: “Todo lo que he vivido más tarde ya había sucedido una vez en Rustschuk” (p. 9).
Ahora bien, sin lugar a dudas la visita más emotiva fue la que hicimos a la casa natal de nuestro escritor, en el número 13 de la calle del General Gurko. La casa –advertía A guide to Jewish Bulgaria— está actualmente deshabitada y en estado ruinoso, aunque vimos, con evidente alegría, que se han iniciado unos trabajos de restauración. En cualquier caso, no hay ni una triste indicación de que se trata de la casa donde nació el único premio Nobel de Bulgaria. Una vez delante, por unos momentos imaginamos los episodios de la infancia de Canetti en aquella casa descritos en su autobiografía, algunos de los cuales leímos en voz alta en castellano y en alemán, como homenaje al escritor y a dos de sus lenguas. 

La anécdota del viaje ocurrió precisamente cuando estábamos delante de la casa de Canetti: un señor de unos sesenta años que estaba en la acera de enfrente observó que nos interesábamos especialmente por la casa y nos llamó: “Hallo!” Nos acercamos a él y nos preguntó: “Sprechen Sie Deutsch?” “Ja!”, le respondimos. Nos contó que era el capitán de un barco búlgaro que hacía la ruta del Danubio, razón por la cual chapurreaba el alemán. Después de decirnos que aquella era la casa de “Canetti als klein [sic]”, cuando se enteró de que éramos “de Barcelona” nos pidió encarecidamente que lo siguiésemos hasta la casa de un vecino suyo, a pocos metros de donde nos encontrábamos: resultó que en dicha vivienda estaba de vacaciones la hija del propietario –Rodi, búlgara—, que vive en Barcelona desde hace once años. Nos invitaron a tomar una cerveza y estuvimos charlando un buen rato, en castellano (Rodi), en búlgaro (su padre) y en un catalán perfecto (Nikol, la hija de diez años de Rodi), en una suerte de involuntario pero precioso homenaje multilingüe al escritor políglota. El padre de Rodi sabía que Canetti había nacido en la calle del General Gurko, y nos comentó que la casa donde nos encontrábamos se la había comprado precisamente a un judío (estábamos en el antiguo barrio sefardí). A nuestras preguntas, también nos aseguró que en Ruse ya no quedaba ningún descendiente de los Canetti. 
 
Casa natal de Elias Canetti en la calle del General Gurko de Ruse (Bulgaria).

Olvido y memoria
Al día siguiente de nuestro hallazgo de las huellas de Elias Canetti en su Bulgaria natal, de vuelta ya en Sofía visitamos el Museo Nacional de Historia, a las afueras de la capital. El edificio es un antiguo y lujoso palacio del Partido Comunista de Bulgaria –recuperado como museo después del desmantelamiento del sistema socialista—, en cuyas salas se explican al visitante de manera muy didáctica las distintas etapas de la historia del país. Sin embargo, cuando hubimos terminado nuestra visita, pude comprobar que en ningún lugar del museo se hace una sola referencia a todas las minorías étnicas, religiosas y lingüísticas que, durante varios siglos, también han contribuido a forjar la historia de la actual República de Bulgaria: las minorías turca, gitana, musulmana y judía, entre otras. Lo cual no es extraño si consideramos que a la largo del tiempo algunas de estas minorías han sido acosadas en su propio país. Es el caso de los turcos, a muchos de los cuales, tras la caída del Muro de Berlín, se les obligó a bulgarizar –que no vulgarizar— su apellido y se les prohibió usar su lengua en público. Y es también el caso, inevitablemente, de la minoría judía, estigmatizada durante la Edad Media y perseguida y negada durante la Segunda Guerra Mundial, primero, y durante el período comunista, posteriormente (de hecho, tras la creación de Israel, en 1948, muchos judíos búlgaros huyeron de su país y emigraron al nuevo Estado judío).
Entonces recordé el caso del antiguo cementerio judío de Ruse, del que actualmente no queda casi ni rastro. En efecto, este cementerio tenía unas 2.800 tumbas, que, a pesar de su condición de monumento de significación cultural nacional, fueron todas literalmente destruidas y arrojadas a la orilla del Danubio. Semejante crimen lo cometieron las autoridades búlgaras en los años setenta del siglo XX cuando previeron allí la construcción de un megalómano panteón –hoy en día visitable— en homenaje a los héroes de la independencia de Bulgaria.

Por cierto, la única referencia a los judíos de Bulgaria presente en el Museo Nacional de Historia es su supuestamente heroica salvación llevada a cabo por el rey Boris III durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, la versión oficial (que los búlgaros actuales explican orgullosamente) reza que el monarca búlgaro salvó a 48.000 compatriotas suyos de ir a los campos de exterminio nazis. Sin embargo, el espléndido libro de Trankova y Georgieff nos informa de que las cosas no fueron en verdad ni tan bonitas ni tan sencillas. 

Para empezar, se sabe a ciencia cierta que en marzo de 1943 más de 11.000 judíos de los territorios de la actual República de Macedonia y de Tracia (en aquel tiempo administrativamente dependientes de Bulgaria) fueron deportados a los campos de Treblinka y Auschwitz, donde la mayoría murió. 

Por otra parte, también parece fuera de duda que hubo dos sectores de la población búlgara que defendieron inequívocamente a sus conciudadanos judíos: por un lado,  el parlamentario Dimitar Peshev, que organizó un movimiento popular de protesta, y por otro, los dirigentes de la Iglesia Ortodoxa.  

Sea como fuere, durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, cuando Bulgaria se unió a las potencias del Eje, los planes del rey y del gobierno búlgaro eran ejecutar también en su país la tristemente famosa Solución final de los nazis. No obstante, varias casualidades y la asunción por parte de Bulgaria de la causa de los aliados hacia el final de la guerra evitaron, efectivamente, la deportación de unos 44.000 judíos búlgaros. 

Hoy en día, la minoría judía de Bulgaria, mayoritariamente concentrada en Sofía, intenta vivir con normalidad en su país, a pesar que de vez en cuando sufre todavía alguna muestra de antisemitismo (saqueo de la Sinagoga Central de Sofía, ataques vandálicos a cementerios, discurso antisemita de partidos populistas…). 

En todo caso, para el viajero que visita el país en busca de las huellas judías, la tarea no es fácil, como pudimos comprobar nosotros mismos con Elias Canetti en Ruse. Y es que como dice el libro de Trankova y Georgieff (p. 9; la traducción es mía): “Muchos de los monumentos descritos en este libro son difíciles de encontrar y están en diferentes estados de deterioro. Salvo que un viajero sepa exactamente adónde va y qué busca, le pueden pasar fácilmente inadvertidos. Pero una vez los haya descubierto, nos abrirán puertas hacia una fascinante –aunque muy olvidada— parte del patrimonio judío de Europa.” 

Para terminar, volvamos a Canetti: después de la visita a su ciudad de nacimiento, uno se pregunta hasta qué punto los habitantes de la actual Ruse –y los búlgaros en general— conocen y valoran la vida y la obra de su único premio Nobel, y, en cualquier caso, hasta qué punto puede influir en ello el hecho de que no escribiese en búlgaro –sino en alemán— y que fuese judío.
Por si acaso, nosotros, justo delante de la casa que lo vio nacer, con ingenua emoción, quisimos rendir nuestro humilde homenaje a este gran escritor europeo del siglo XX leyendo algunos fragmentos de su preciosa autobiografía: “Difícilmente lograré dar una idea del colorido de estos primeros años en Rustschuk, de sus pasiones y miedos. Todo lo que he vivido más tarde ya había sucedido una vez en Rustschuk.” 
 
Monumento a Elias Canetti en la plaza que lleva su nombre en Ruse (Bulgaria).

BIBILOGRAFÍA CITADA

·        LEVI, Primo (2003): Se questo è un uomo. La tregua. Torino: Einaudi Tascabili [1ª edición: 1947].

·         SCHMID, Beatrice (2007): “De Salónica a Ladinokomunita. El judeoespañol desde los umbrales del siglo XX hasta la Actualidad”, en Germà Colón y Lluís Gimeno (eds.) (2007): Ecologia i desaparició de llengües. Castelló de la Plana: Universitat Jaume I.

·         TRANKOVA,  Dimana y Anthony Georgieff (2001): A guide to Jewish Bulgaria.  Vagabond Media.