dimecres, 30 de novembre de 2011

Viaje a la Argentina (II). La lengua de los argentinos: el lunfardo


El voseo ('querés' por 'quieres') está presente con toda naturalidad en la publicidad.

Personalmente, el lingüístico era uno de los aspectos más motivadores de este viaje, y ya desde el primer momento en que pisamos suelo argentino pude apreciar las diferencias entre su castellano y el nuestro. Si bien es cierto que, antes de partir, releí el excelente y muy recomendable Diccionario argentino-español para españoles, de Alberto J. Miyara, que un día descubrí por casualidad en Internet, debo decir que en la magnífica librería El Ateneo Grand Splendid de la Avenida Santa Fe de la capital descubrí un libro maravilloso con el que he aprendido mucho: se trata del volumen Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos, de Oscar Conde, profesor en Letras por la Universidad de Buenos Aires (Buenos Aires, Taurus, 2011). En este libro Conde define al lunfardo como el habla coloquial nacida en Buenos Aires, pero extendida más tarde a toda la región del Río de la Plata y  posteriormente al país entero (Conde 2011: 56). (“La región del Río de la Plata incluye buena parte de la provincia de Buenos Aires –con las ciudades de Buenos Aires y La Plata y sus respectivas zonas de influencia—, el sur de las provincias de Entre Ríos y Santa Fe –con la ciudad de Rosario— y la zona urbana de Uruguay –con la ciudad de Montevideo—”, Conde 2011: 499.)

Con esta definición, Conde echa por tierra la teoría, defendida muy a menudo, de que el lunfardo fue en su origen una jerga de los delincuentes porteños. Según Conde, el lunfardo no se diferencia de otros argots (como el slang de los Estados Unidos, el cockney londinense, la gíria brasileña o el parlache colombiano, por poner algunos ejemplos) en los que, lejos de haber una intención críptica o de código secreto, predomina el afán lúdico y transgresor (diferenciarse del registro del español estándar) y cuyo objetivo, por ende, es identitario, ya que funciona como “marcador de cohesión de grupo" (Conde 2011: 486). Así pues, el lunfardo es básicamente un repertorio léxico con palabras distintas de las del español estándar (mina = ‘chica’) o palabras de este registro relexematizadas (usadas con otro significado: coger = ‘copular’).

En cualquier caso, lo que singulariza al lunfardo entre todas las hablas coloquiales del mundo es que en él es bastante mayor el número de préstamos de otras lenguas que participaron  en su configuración inicial, a causa de la gran inmigración que soportó la Argentina entre fines del siglo XIX y la primera veintena del siglo XX.  Así, los préstamos más numerosos son los italianismos, procedentes ya del italiano estándar ya de las diversas lenguas itálicas de los inmigrantes (genovés, napolitano, calabrés, etc.) ya del gergo o furbesco (vocabulario del bajo fondo originario del centro de Italia): laburo (‘trabajo’) y laburar (‘trabajar’), guarda (‘¡cuidado!’), chau, ñoqui, salame (‘persona tonta’), vento (‘dinero’), pibe (‘chico’, del término del gergo pivello), morfar (‘comer’, de morfa = ‘boca’ en gergo)… Pero también los préstamos de otras lenguas han enriquecido el lunfardo: así, por ejemplo, del francés procede fané (‘arruinado’, del participio de se faner = ‘marchitarse’); del inglés, hacer foquifoqui (‘copular’), espiche (‘discurso’, de speech),  luquear (‘vestir y definir el aspecto de una persona’, del substantivo look = ‘aspecto’); del portugués del Brasil, mango (con el sentido de ‘peso’, como en la frase ‘No tengo ni un mango’), otario (‘bobo’), transar (‘mantener relaciones sexuales’); de lenguas africanas, quilombo (‘prostíbulo’, ‘follón’, ‘desorden’), mucama (‘criada’), tango (surgida al parecer de un cruce entre el africanismo tango y el quichuismo tánpu, con el significado de ‘sitio’, ‘reunión’, ‘posada’) y milonga (plural de mulonga, que en quimbundo significa ‘palabra’); del gallego, grela (‘mujer’); del quichua, cancha (‘habilidad que se adquiere con la experiencia’, y de aquí, canchero = ‘experto’, ‘fanfarrón’; cancha, como americanismo, significa ‘ámbito para deportes o espectáculos’). Pero también el español popular, la germanía y el caló han dejado su impronta en el lunfardo a través del éxito del género chico español en la Argentina: afanar (‘robar’), polvo (‘coito’), chorear y chorrear (‘robar’ y de aquí chorro = ‘ladrón’)…

No obstante, uno de los fenómenos que seguramente mejor caracteriza al lunfardo es el denominado vesre, un sistema de creación de palabras a partir de la inversión del orden de sus sílabas (de hecho, vesre es la forma vésrica de revés). Así, hay vesres regulares (como cheno de noche, jermu de mujer, jabru de bruja, feca de café, zabeca de cabeza, yoyega de gallego, bolonqui de quilombo) e irregulares (como yorugua o yoruga de uruguayo, zolcillonca(s) de calzoncillos, atroden de adentro, ajoba de abajo, congomi de conmigo…). Y también son muy frecuentes los juegos idiomáticos, especialmente los paronomásticos: bizcocho por bizco, lenteja por lento, locatelli por loco, vagoneta por vago, tragedia por traje, unesco por uno, confucio por confundido, bejarano por viejo

Respecto a los vesres cabe decir que, en algunas ocasiones, estos no tienen exactamente el mismo significado que su pareja normal: así, cheno no es simplemente ‘noche’, sino más bien ‘ambiente de la noche’; jermu no es ‘cualquier mujer’, sino ‘novia’, ‘esposa’; jabru no es ‘bruja’, sino ‘esposa’, etc.

El voseo se manifiesta en el imperativo ('imprimí' = 'imprime') pero no en el presente de subjuntivo ('quieras').

Ni que decir tiene que el sainete y las letras de tango han funcionado como potentes difusores del lunfardo, que en las últimas décadas se nutre de léxico procedente del rock, del fútbol, de la moda, de los medios de comunicación, del turf (carreras de caballos) y el automovilismo, de la política, de la droga, de léxico juvenil e incluso de léxico de la locura.

En resumen, “el uso del lunfardo supone básicamente una toma de posición, incluso cuando se lo utiliza con el objeto de divertirse. De alguna manera puede considerarse una especie de emblema que al mismo tiempo coloca a sus usuarios fuera de las normas establecidas pero dentro de un grupo, con el consiguiente alivio que puede aportar este sentido de pertenencia” (Conde 2011: 486).

Aun así, conviene tener presente que el uso del lunfardo llegó a estar prohibido por las autoridades argentinas. En efecto, después del golpe militar que la Argentina sufrió en 1943, la censura actuó sobre las transmisiones radiofónicas y las letras de los tangos con el objetivo de “cuidarse con toda escrupulosidad una absoluta corrección en el empleo del idioma castellano, evitando toda palabra del ‘argot’ o bajo fondo y los modismos que los desvirtúan y son tan comunes en el decir corriente, como ‘salí’, ‘andá’, etc., etc.” (Conde 2011: 402). Finalmente, tan ridícula prohibición “se levantó con el gobierno constitucional del presidente Perón, el 26 de marzo de 1949” (El habla de los argentinos: identidad, inmigración y lunfardo, de Roberto L. Martínez y Alejandro, Buenos Aires, Ecu, 2011, p.139). Sin embargo, durante el período de la censura muchos letristas de tangos se vieron obligados a cambiar las letras e incluso los títulos de sus composiciones. Sólo a modo de ejemplo, el tango “La casita de mis viejos” se convirtió en “La casita de mis padres”, mientras que la censura cambió el título “Seguime si podés” por el de “Sígueme si puedes”.

Argentinismos
Una de las enseñanzas más útiles de la lectura del libro de Oscar Conde ha sido descubrir la diferencia entre argentinismo y lunfardismo. El primer concepto hace referencia a aquellas variantes argentinas de la lengua estándar en cuyo uso no hay ni afán lúdico ni intención transgresora: bombacha (‘braga’), factura (‘pasta dulce’), frutilla (‘fresa’), alcancía (‘hucha’), durazno (‘melocotón’), colectivo (‘autobús urbano’), auto (‘coche’), celular (‘móvil’), feta (‘loncha’), remera (‘camiseta de vestir’), chomba (‘polo’, prenda), valija (‘maleta’) … En cambio, forro (con el significado de ‘condón’) es un lunfardismo, pues es un término del habla coloquial rioplatense que identifica como tal a quien lo emplea. De todos modos, cabe decir que no siempre es fácil distinguir un argentinismo de un lunfardismo.

En todo caso, en cuanto al léxico, sí quiero apuntar algunas de las palabras que he oído estos quince días en la Argentina y que más me han llamado la atención (se mezclan argentinismos y lunfardismos). Por ejemplo, pararse en el sentido de ‘ponerse de pie’: lo cierto es que me costó entender lo que significaba --y no precisamente ‘detenerse’ en los contextos en los que oí este verbo--. Así recuerdo que estando de pie viendo un juego gaucho uno de los petiseros me dijo: “¡Señor, no se quede ahí parado!” De manera parecida, mientras un monitor, en Ushuaia, nos daba instrucciones de cómo teníamos que gobernar una canoa, tardé en comprender su indicación cuando nos decía: “Sobre todo, no se paren” (o sea, “no se pongan de pie [en la canoa]”).

 Ejemplo de voseo (un imperativo con pronombre, que no debe pronunciarse /agárrate/, sino /agarráte/) en una tienda de Palermo Viejo.
A continuación, una lista de algunas de estas palabras: heladera (‘nevera’), jugo (‘zumo’, como en jugo de naranja, jugo de pera…), campera (‘chaqueta’), cartera (‘bolso de mujer’), botín (‘bota de fútbol’), pollera (‘falda’), manejar (‘conducir un coche’), chorro (‘ladrón’; en Ushuaia vimos esta leyenda en un cartel: “Ningún pibe nace para chorro”), subte (‘metro’; abreviatura de subterráneo), micro (‘autobús no urbano’), vereda (‘acera’), banquina (‘arcén’), ruta (‘carretera’), picada (‘tapa’), conductor (‘presentador de TV’), cheto (‘pijo’; derivado de concheto), petiso (‘bajo’; uno de los presos más famosos del penal de Ushuaia fue el asesino de niños Cayetano Santos Godino, el Petiso Orejudo), el adjetivo trucho –a (con varios significados: ‘falso’, ‘ilegal’, ‘barato’, ‘de poca calidad’: billete trucho, remera trucha –no oficial—…), pieza (‘habitación’), departamento (‘apartamento’), prender la luz (‘encender la luz’), coima (‘soborno’), reclamo (‘queja’), fila (‘cola’ [en un cine, en la parada de autobús…]), cola (‘culo’, puesto que culo es malsonante)…

Por otra parte, en un país tan futbolístico como la Argentina era inevitable que me fijara en palabras y expresiones de ese ámbito, aunque algunas ya las conocía, como cancha (‘campo’) o arco y arquero (‘portería’ y ‘portero’): competencia (‘competición’), fecha (‘jornada [del calendario]’), gambeta (‘regate’), estar en la punta (‘ir primero o líder en la clasificación’), barra (‘conjunto de hinchas fanáticos’; en lunfardo barra significa también ‘pandilla de amigos’). Fue también en este viaje donde aprendí la diferencia entre La Boca (con artículo, el barrio de la ciudad de Buenos Aires situado en la desembocadura del Riachuelo en el Río de la Plata, fundado por genoveses) y Boca (sin artículo, el equipo de fútbol Club Atlético Boca Juniors), es decir, que los nombres de los equipos argentinos se dicen sin artículo: “Mañana River enfrenta a Independiente”. También aprendí que a los hinchas de Boca se les llama xeneizes (xeneize significa ‘genovés’ en lengua genovesa), chanchos (‘cerdos’, según me dijo un taxista de Boca) o bosteros (derivado de bosta), mientras que los de River son gallinas o millonarios.

Me llamó la atención, también, el uso de los chicos como ‘los niños’, la utilización del verbo contener en la acepción de ‘prestar apoyo moral a alguien’ (por ejemplo, “los psicólogos contienen a los familiares de víctimas de un accidente de tráfico”), el empleo de lugar en vez de sitio en frases como “No hay lugar” (en un aparcamiento), la locución sin dudas (en plural), la expresión año redondo (‘todo el año’)... Igualmente me fijé en que los derivados postverbales de aportar, plantear y entretener no coinciden con los nuestros: aporte (‘aportación’), planteo (‘planteamiento’) y entretención (‘entretenimiento’) [un amable lector argentino me aclara que entretención no es argentino sino chileno. En efecto, lo vi escrito en un cartel en Ushuaia, quizás obra de algún inmigrante chileno].

Ejemplo de voseo (en formas verbales de presente de indicativo) en la publicidad de un bar de Palermo Viejo.

Por otra parte, me di cuenta de que uno de los verbos más empleados por los argentinos es armar, que según el contexto equivaldrá a ‘montar’, ‘organizar’, ‘construir’ o simplemente ‘hacer’. Así, se puede armar un equipo de fútbol (haciendo fichajes), un juguete, una junta directiva…, incluso un jurado puede armar un veredicto.

En otro sentido, en la Argentina se utilizan algunas palabras que no usamos en el español peninsular y que, en cambio, nos serían muy útiles, puesto que expresan conceptos para los que no tenemos una palabra concreta. Es el caso, por ejemplo, de cuadra, que no tiene equivalente en el castellano de España, pues se refiere al espacio de una calle comprendido entre dos esquinas; o los adjetivos cansador (‘que cansa’: “una actividad cansadora”), llenador (‘que llena’: “un plato llenador”), satelital, cambiario

Por otra parte confirmé el uso del verbo sacarse con prendas de ropa (en vez de quitarse, por ejemplo sacarse la remera, sacarse los botines) y me volví a preguntar si no se tratará de un catalanismo (treure’s la roba, traducido como ‘sacarse la ropa’, ya que treure es tanto ‘sacar’ como ‘quitar’ en el catalán del Principado) que comparten algunas variedades del español americano.

Para cerrar el apartado dedicado al léxico comentaré dos cuestiones más. En primer lugar, nuestra primera experiencia con el vesre, cuando un taxista nos dijo que a alguien lo habían metido “en naca”: aunque por el contexto pudiésemos entender el significado de la expresión, fue mucho después cuando conseguimos descifrarla completamente. Así, naca es el vesre de cana, que en lunfardo significa ‘policía’, mientras que meter a alguien en cana (o encanar a alguien) es ‘encarcelarlo’.  Difícil, ¿no?

'Boludo' y 'pelotudo'
En segundo lugar, quisiera comentar el caso de boludo y pelotudo, seguramente dos de las palabras argentinas más conocidas por los españoles pero al mismo tiempo peor (y con menos gracia) usadas. Boludo significa ‘tonto’, ‘imbécil’, ‘poco avispado’ y como tal tiene una fuerte carga peyorativa, si bien es cierto (Conde 2011: 462) que en las últimas décadas, sobre todo entre la gente joven, es creciente su uso como fórmula de tratamiento afectuosa (en una calle de Buenos Aires pude oír decir a una chica que hablaba con su móvil con una amiga: “¿Dónde estás, boluda?”). Sin embargo, con pelotudo no se ha dado este fenómeno, y por lo tanto hay que tener presente que la palabra tiene un significado más despectivo si cabe que el de boludo. Por ello se entenderá perfectamente que sintiera vergüenza ajena cuando el cliente español de un restaurante de San Telmo, queriéndose hacer el gracioso, se dirigió al joven camarero diciéndole: “¡Ven, pelotudo!”: ¿qué cara hubiera puesto él si alguien se le hubiera dirigido diciéndole: “¡Ven, gilipollas!”? Y también recuerdo cómo, en Ushuaia, mientras remábamos en nuestras canoas, un monitor retó (‘riñó’) a un turista catalán por decir “¡Venga, boludo!” con una entonación nulamente argentina.
En el campo de la morfología (aparte del voseo, del que trataré más adelante) me interesó el empleo de luego de como locución prepositiva seguida de verbo, inusual en España (“Lo haremos luego de comer”) o el alto rendimiento del sufijo superlativo re-, similar a nuestro súper-: relindo (‘muy bonito’), rebueno (‘muy bueno’), recheto (‘muy pijo’)… Por otra parte, me sorprendió el uso como invariable del numeral ordinal primer (“la primer ciudad”, “la primer tribu”) y constaté una manera peculiar de hacer un tipo de correlación de tiempos verbales (consecutio temporum) que he oído en otras variedades americanas del español: “La presionaron para que no hable”, “Le dijeron que se calle” (en vez de “La presionaron para que no hablara/hablase”, “Le dijeron que se callara/callase”). (En la foto, uso de 'piso' por 'suelo'').

Por otra parte, también constaté el uso de la locución por ahí (con el verbo en indicativo) como sinónimo de ‘a lo mejor’, ‘quizás’: “Por ahí le gustará el regalo a Paula”, “Le dije que me llamara pero por ahí no pudo”.

El voseo
Seguramente el voseo es, junto con la pronunciación sheista (pronunciar la ll y la y como / ʃ /, es decir, con el sonido que tiene la x del catalán en la palabra caixa, o la sh del inglés en la palabra shoot, o la sc del italiano en la palabra scelta: llamar /ʃamár/; ayer /aʃér/), el rasgo más emblemático del habla de los argentinos.

Pero, ¿en qué consiste exactamente el voseo argentino? Pues básicamente en utilizar el pronombre vos en lugar de y ti como formas de segunda persona singular, y en utilizar unas desinencias verbales especiales en algunos tiempos. Fijémonos, sin embargo, que el voseo es un sistema parcial: verbalmente, sólo afecta al presente de indicativo y al imperativo (“¿Qué hacés, vos?”, “Vení, Carlos!”), mientras que pronominalmente la forma vos convive con la forma te, propia del sistema de (“Te está mirando a vos”).

El actual voseo argentino deriva del tratamiento de vos como forma de cortesía propio del castellano antiguo (“Majestad, haremos lo que vos queráis”). Así, en presente de indicativo, tenemos, en lugar de tú amas, vos amás; en vez de tú haces, vos hacés; en lugar de tú duermes, vos dormís; en imperativo, en lugar de ¡para!, ¡pará!; en vez de ¡sigue!, ¡seguí!. En el caso del imperativo, lógicamente el voseo también afecta a las formas con pronombre: ¡agarrate! (palabra llana) en vez de ¡agárrate! (palabra esdrújula).

Por lo visto, en la Argentina el voseo está completamente extendido e integrado a la norma culta (como muestra, sólo hace falta fijarse en su uso en la publicidad) en el presente de indicativo y el imperativo, y esta circunstancia ha acabado por convertirlo en una señal de identidad argentina. En cambio, en presente de subjuntivo parece ser que se considera un vulgarismo y se evita (“No me hagas reír” por “No me hagás reír”). Finalmente, el voseo no afecta tampoco a las formas del pronombre posesivo: “Vos vendrás con tu auto.”

Por otra parte al hablar del lunfardo ya hemos podido apreciar cómo el voseo también sufrió la absurda prohibición de las autoridades argentinas en el período 1943-49, puesto que se consideraban formas “incorrectas”. Así, la revista Criterio del 17 de junio de 1943 defendía la fiscalización del lenguaje llevada a cabo por las autoridades: “Nuestra revista ha atacado muchas veces […] el lenguaje impropio cuando no decadente y aun grosero de transmisiones radiales y letras de tangos, con el que se nos colocaba injustamente en ridículo ante el extranjero. El lenguaje lunfardo y la imitación de tonalidades plebeyas corrían parejas […] con un castellano bastardo y corrompido” (Conde 2011: 404).

Afortunadamente, más claras tenía las ideas el escritor argentino Ernesto Sabato, que en un artículo publicado en 1966 por la Revista de la Embajada Argentina en Madrid (Martínez-Molinari 2011: 63) escribía lo siguiente: “El español sostiene que los argentinos hablamos mal el castellano. […] Nosotros no hablamos ‘mal’ el castellano: hablamos ‘otro’ castellano, que no es lo mismo. Decimos ‘saco’ a la chaqueta, empleamos el ‘vos’ en lugar de tú, acostumbramos emplear el ‘recién’ sin participio pasado, pronunciamos (en Buenos Aires) el fonema ‘ll’ como ‘y’, no distinguimos entre la ‘z’ y la ‘s’, etc. ¿Y qué? Sólo los viejos gramáticos siguen suponiendo que hay una lengua cristalizada, un dechado supremo al que deben ajustarse los hablantes vivan donde vivan.”

Para acabar esta segunda entrega de nuestro viaje a la Argentina quiero comentar otra cuestión de lengua. Se trata de la adaptación que, consciente o inconscientemente, todo hablante extranjero hace de su habla cuando lleva un tiempo viviendo en otro país que no es el suyo habitual. En este caso me refiero a españoles que llevan ya un tiempo residiendo en la Argentina. Así, la mayoría ya ha integrado una parte importante del nuevo léxico (y así dice auto por coche, heladera por nevera, remera por camiseta, pibe por chico, frutilla por fresa…), proceso que seguramente debe de comenzar por aquellas palabras ‘inadecuadas’ (me imagino que la primera palabra que un español sustituye en la Argentina es coger por agarrar o tomar). Por otra parte, también la mayor parte de estos hablantes suele incorporar la entonación típica argentina, especialmente la de las preguntas. Definitivamente, sin embargo, el fonético es el campo más resistente al cambio y, por ejemplo, son pocas las personas que, aun después de muchos años viviendo en la Argentina, lleguen a sesear, pronunciar la ll y la y con el sonido de / ʃ /…

dimarts, 29 de novembre de 2011

Viaje a la Argentina (I): Buenos Aires

En la Plaza de Mayo, ante la Casa Rosada.

Mi primer contacto con la argentinidad probablemente se remonta a las declaraciones a la radio y la televisión de futbolistas argentinos que jugaban en la liga española. Entonces estaba al uso en el mundillo del fútbol el término ‘oriundo’, que se aplicaba a aquellos futbolistas sudamericanos que tenían algún antepasado español que había emigrado a su país a hacer las Américas. Sin ir más lejos, el Hércules –mi equipo— de los años 70 contaba entre sus filas con argentinos tan ilustres en la historia del club como Giuliano, Saccardi, Santoro o Charles, por citar sólo algunos.

Como decía, me imagino que fue entonces, oyendo las entrevistas radiofónicas o televisivas a estos personajes, cuando, poco a poco, fui descubriendo las diferencias que había entre su castellano y el nuestro, diferencias muy apreciables en cuanto al léxico, la fonética y la entonación de las frases.
Ya adolescente, el ámbito futbolístico me permitió descubrir a un periodista radiofónico argentino genial, Héctor del Mar, en las locuciones del ‘partido de la jornada’ que hacía para el ‘Carrusel deportivo’ de la cadena SER, allá a principios de los 80. Y es que estoy convencido de que Del Mar supuso no sólo un revulsivo sino toda una revolución en el anodino panorama radiofónico deportivo español de aquellos años –en que dominaba el cotarro José Mª García—: su estilo atrevido plagado de metáforas, que muchas veces eran casi surrealistas, enseguida me causó fascinación. Así, además de la peculiar entonación que imprimía a su relato y de su dicción exagerada –sobre todo en la pronunciación de la l—, recuerdo sus geniales expresiones (“minuto patito, minuto 22”, “partido guau-guau, partido a cara de perro”, “globo que se eleva, ¡cuidado con los ovnis!”…) o su costumbre, argentinísima, de poner apodos a los jugadores: Tarzán Migueli, Boquerón Esteban, el Buitre del área (Butragueño, con juego paronomástico incluido), el Paul Newman del fútbol español (Maceda), el Señor del fútbol español (Señor), Sandokán Juan José…

Volviendo al relato cronológico, recuerdo que mi segundo contacto directo con la argentinidad se produjo a finales de los 70 cuando una familia argentina llegó a Vilanova i la Geltrú –mi ciudad— huyendo de la dictadura militar de Videla –que mandó en la Argentina de 1976 a 1983— y llevó a sus hijos a mi escuela, la Escola Llebetx. El caso es que en las reuniones de padres del colegio mi madre enseguida hizo amistad con ellos, de manera que a partir de entonces solíamos vernos a menudo. Fue así cómo descubrí que, en la Argentina, gallego era ‘español’, que  tano (años más tarde supe que era la aféresis de ‘napolitano’) significaba ‘italiano’, que concha era ‘coño’ (¡todavía recuerdo cómo se divertía Carlos, el padre de familia, rememorando la anécdota de una vez que, al principio de estar en España, le presentaron a una mujer que se llamaba Conchita!) o que machete era ‘chuleta’ (esta palabra la supe por mi hermano mayor Jorge, a quien Carlos, que le daba repaso de matemáticas, descubrió un día una ‘chuleta’ escrita en la mano después de un examen).
Plaza de la Libertad. Detrás, la imponente Avenida 9 de Julio.

Sin embargo, y a pesar de todos estos antecedentes, el contacto con la argentinidad que más me impactó fue el del curso 1984-85. Yo, entonces, pasé aquel curso académico en Suiza, viviendo en una familia autóctona en un pueblecito cerca de Zúrich (Mettmenstetten) y yendo a un instituto (Realgymnasium de la Kantonsschüle Rämibühl) de la misma ciudad, en un programa de intercambio de la organización AFS Intercultural Programs (en España, actualmente, AFSE Intercultura). En total éramos unos sesenta estudiantes de todo el mundo (la mayoría, estadounidenses) repartidos por toda Suiza. Pues bien, en el campamento inicial de bienvenida donde nos reunimos todos, tuve el placer de conocer a dos chicos argentinos con quienes enseguida trabé una gran amistad: Matías Ameriso, de Rosario, y Ana Scarabino, de Mendoza. Porque esta relación se forjó en los numerosos encuentros y horas compartidos en Zúrich, pues tuvimos la suerte de que los tres residíamos en la misma zona. De hecho, durante aquel curso tuvimos una gran relación todos los estudiantes castellanohablantes que estábamos en Suiza: además de Ana, Matías y yo: Pablo, Mónica y Karina, de Ecuador; Choui y Gabriela, de México, y Nekane, de Pamplona. Recuerdo que nos llamábamos con orgullo “los latinos” y que juntos nos divertíamos descubriendo las particularidades de nuestros castellanos. Fue así cómo Matías y Ana me enseñaron argentinismos y lunfardismos como manteca (‘mantequilla’), colectivo (‘autobús urbano’), ¡macanudo! (‘¡guay!’), ruta (‘carretera’), el uso de ¿viste? como nuestro ‘¿sabes?’, ¡tirame las agujas! (un modismo lunfardo de moda en aquella época con el que se pedía la hora)…

Sea como fuere, parece ser que todos estos contactos con la argentinidad fueron despertando en mí las ganas de viajar un día a la Argentina y conocer mejor ese país y a sus habitantes. Y, por fin, el gran momento ha llegado (recuerdo que siempre pensé que la Argentina tendría que ser el primer país latinoamericano que visitara): del 28 de octubre al 12 de noviembre pasados estuve en la República Argentina en un viaje que Elena y yo hicimos a Buenos Aires para visitar a su prima Concha (¡ya es mala suerte llamarse así e irse a vivir a la Argentina!) y a su marido Míchel, que hace algo más de un año que residen allí. Aparte de la capital, también estuvimos en la Patagonia: visitando el imponente glaciar Perito Moreno y la maravillosa Tierra del Fuego, para lo que nos desplazamos hasta Ushuaia, la ciudad más austral del planeta.
‘Mis’ Buenos Aires queridos
Muchas veces, cuando visitamos por primera vez una ciudad, tenemos como referente previo alguna película a la que la asociamos automáticamente (esta idea se la oí desarrollar al director de cine español José Luis Garci en una de las tertulias de su programa de televisión “¡Qué grande es el cine!”). Así, está la Roma de Vacanze romane (Vacaciones en Roma) o de La dolce vita, el Nápoles de Viaggio in Italia (Te querré siempre), el San Francisco de Vértigo, el Nueva York de An affair to remember (Tú y yo), el París de la antigua Moulin rouge o Un americano en París (por más que sea una ciudad de decorados), La Habana de Fresa y chocolate... Y está también el Buenos Aires de Gilda, aunque, paradójicamente, se trate de un Buenos Aires exclusivamente de interiores (casi toda la historia transcurre en el casino que es escenario de la tormentosa relación entre Glenn Ford y Rita Hayworth).
En mi caso, en mi corta estancia en la capital argentina he tenido la oportunidad de visitar varios Buenos Aires: el Buenos Aires de las grandes avenidas y de las enormes plazas; el Buenos Aires de los numerosos monumentos y edificios neoclásicos; el Buenos Aires de las librerías, las disquerías, los cines y los teatros; el Buenos Aires de los restaurantes, bares y cafés; el Buenos Aires de los taxistas; el Buenos Aires de sus barrios y topónimos: Palermo, San Telmo, La Boca, Centro, Microcentro, Recoleta, Retiro, Puerto Madero…; el Buenos Aires de su gente, los porteños; del lunfardo; del fútbol…
Librería El Ateneo-Grand Splendid, en la Avenida Santa Fe.
Para mí, uno de los grandes atractivos del viaje era el Buenos Aires de sus numerosísimas librerías, como las de la Avenida Corrientes (vía urbana en la que se concentran casi todos los cines y teatros de la ciudad), aunque, en general, me pareció que estas no eran especialmente bonitas, si bien reunían un fondo de volúmenes muy apreciable. En cambio, me robaron el corazón la Librería de Ávila, El Ateneo y El túnel, entre muchas otras en las que lamentablemente por falta de tiempo no pude deleitarme como me hubiera gustado. La Librería de Ávila, antigua Librería del Colegio (esquina Bolívar y Alsina), fue literalmente un descubrimiento, pues nuestro impreciso callejear porteño por el centro nos llevó accidentalmente hasta ella: grande, amplia, elegante, contiene un fondo excelente de libros antiguos y modernos sobre la ciudad. En la Avenida Santa Fe está El Ateneo-Grand Splendid, seguramente la librería más turística de Buenos Aires, pues se halla ubicada en el antiguo Grand Splendid, un cine de los de antes, con su platea, sus palcos y su escenario, que hoy forman un bello y elegante recinto repleto de libros, películas y música. Sin embargo, su sección de lingüística me decepcionó un poco por lo exiguo de su fondo, lo que no impidió que adquiriera un libro que devoré literalmente los siguientes días (Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos, de Óscar Conde, del que hablo con más detalle en la segunda entrega de esta serie). La alegría, en cambio, me la dio la sección de DVD, ya que allí encontré una película descatalogada en España: Viaggio in Italia, film de 1954 de Roberto Rosselini, que aquí fue absurdamente traducido como Te querré siempre; curiosamente, la traducción del título en la versión argentina es Viaje en Italia (aunque hubiera sido perfecto Viaje a Italia). Otra diferencia es que el DVD argentino sólo contiene la versión original en italiano, con la opción de subtítulos en castellano; es decir, no hay versión doblada al español.
   En el Teatro Colón.

Finalmente, en la Avenida de Mayo, y muy cerca del mítico Café Tortoni (punto de encuentro de músicos y escritores de la talla de Carlos Gardel y Jorge Luis Borges), descubrimos El túnel (como la novela de Ernesto Sabato), una pequeña librería de viejo donde me dejé seducir por una Antología didáctica de la prosa argentina (Kapelusz, Buenos Aires, 1954), de Leopoldo Marechal y Elbia R. de Marechal.

En la capital federal de la República Argentina coger un taxi (mejor, agarrar o tomar un taxi, en la lengua autóctona) es mucho más barato que en Tarragona. Confieso que, en su día, fui en cierto modo adicto a este medio cómodo, distraído y hasta interesante de desplazarse por una gran ciudad, por lo que la diferencia de precio me impulsó a frecuentar los taxis porteños. Me pareció de entrada que el taxista argentino tutea más que el nuestro (curiosamente, me dijeron que los argentinos llaman tutear –y no vosear, como parece que correspondería— a usar el vos, que es el tratamiento de máxima familiaridad), cosa que en ningún momento me molestó, pues además me di pronto cuenta de que es costumbre general en el país. Como en otros sitios, hay taxistas que son buenos conversadores, especialmente cuando se habla de fútbol: así fue como coincidimos con un chofer (nunca chófer en la Argentina) que era hincha de Boca y entusiasta simpatizante del Barça (hablaba con naturalidad de ‘Pep’ siempre que se refería a Guardiola) hasta el punto de llevar en el celular (móvil) el escudo del equipo catalán, con otro –este, en Ushuaia—, que nos criticó a Messi (“¡Que se quede en el Barcelona, que acá con la selección no hace nada!”) y con uno de más edad que era seguidor de San Lorenzo de Almagro, muy simpático y que solía adornar su discurso con alguna referencia a letras de tangos desconocidos por nosotros.
Pero también los había --taxistas-- a quien no molestaba responder a nuestras preguntas sobre la situación política y económica actual del país, después de la crisis de 2001. Fue así como un chofer, hablando de todo ello, defendió los logros del kirchnerismo al mismo tiempo que se despachaba a gusto con el a su modo de ver excesivo poder del presidente del gremio de transportistas y patrono suyo. Por cierto: llama la atención la general habilidad de los argentinos a la hora de elaborar sus discursos, la precisión en el uso de la lengua y la bondad de la construcción sintáctica; como, por otra parte, el fenómeno no esporádico, sino más bien mayoritario –si bien puede haber excepciones—, se deduce que tal dominio oratorio debe de tener su causa en una educación escolar que se ha preocupado por la expresión lingüística, preocupación rara en nuestra tradición académica más reciente, que hace tanto tiempo ya que abandonó el estudio de la retórica. (Probablemente tenga que ver con esta sensibilidad por el lenguaje el hecho de que, en una terraza de Palermo Viejo, en un desfile de pedigüeños, un joven me pidiera la voluntad a cambio de un cuadernillo de fotocopias que contenía sus “pensamientos y reflexiones”.)

   Un bife jugoso de chorizo.

Por otra parte, el Buenos Aires de los restaurantes (por cierto, me pareció que allí se usaba la variante restorán, oída aquí esporádicamente cuando era niño), de los bares, de los cafés y también de la tiendas nos permitió confirmar –ya nos lo habían comentado antes de partir— la diferencia respecto a nuestro país en el trato que el personal brinda al cliente: mucho más amable, agradable, alegre y menos crispado que el que es norma por estos lares. Así, tras el jovial “¡Hola, ¿cómo estás?” (a cuya pregunta aprendimos que no había que contestar, pues está lexicalizada ya en la fórmula de saludo), una amabilidad nada cargante presidía la relación con el cliente, que finalizaba con un “¡Por favor!” de briosa entonación después de dar las gracias. (Por cierto, la diferencia la pudimos percibir nada más pisar suelo argentino, pues el empleado de la aduana del aeropuerto de Ezeiza, en el control de pasaportes, me atendió con una amabilidad impropia entre el funcionariado de nuestro país.) Sin duda, en este apartado hay que hablar del Buenos Aires gastronómico –mejor sería de la Argentina gastronómica— para volver a cantar, una vez más, las excelencias de su carne (y os lo dice un carnívoro practicante), de sus jugosos bifes de lomo o chorizo, sus vacíos, sus matambres, sus chinchulines, sus morcillas…; en definitiva, de su asado.

Del Buenos Aires de la música, tenemos que decir que tuvimos la gran suerte de asistir –gracias a Nahuel y Jessica—, en el Teatro del Viejo Mercado del barrio del Abasto (detrás del shopping del mismo nombre, que antaño fue el inmenso mercado de fruta y verdura de Abasto), a un concierto de la magnífica Orquesta Popular de Cámara Chango Farías Gómez, comandada, después del fallecimiento del Chango Farías el pasado mes de agosto, por el carismático Rubén Mono Izarrualde, que ofreció un excelente repertorio de tango y folklore argentino en un entrañable local donde pudimos cenar unas pizzas –¡deliciosas, como las italianas!— mientras disfrutábamos de la música. Igualmente inolvidable fue la asistencia al brillante espectáculo de teatro, tango y humor del legendario Café Tortoni, de la Avenida de Mayo, muy bueno a pesar de ser turístico.
Espectáculo de tango en el legendario Café Tortoni.

Durante nuestra estancia –o estadía— en Buenos Aires tuvimos la suerte de estar alojados en pleno centro de la ciudad, a dos pasos de la imponente Avenida 9 de Julio (creo haber leído que es una de las calles más anchas del mundo), donde se alza, majestuoso, el Obelisco, y muy cerquita del precioso Teatro Colón (donde asistimos a la representación del ballet Manon), de la Avenida Corrientes, de la Avenida Santa Fe... De hecho, desde allí fuimos, callejeando, hasta la Plaza de Mayo (donde está la Casa Rosada, el Cabildo y la Catedral), parcialmente ocupada esos días por veteranos de la nefasta Guerra de las Malvinas (1982) que reclamaban justicia, se manifestaban contra el olvido y reivindicaban la argentinidad del archipiélago. Por cierto: en el suelo de la plaza está dibujado un gran pañuelo blanco, símbolo de las Madres de la Plaza de Mayo. Desde allí, siempre a pie, después de cruzar una festiva manifestación de docentes de la escuela pública ante la Municipalidad, nos acercamos a San Telmo, barrio de tiendas peculiares y calles de adoquines que los domingos por la mañana acoge un concurrido y animado mercado de antigüedades al aire libre, en cuyo recorrido uno encuentra músicos, imitadores de Carlos Gardel, vendedores de empanadas y jugos, alegres batucadas y parejas bailando tango en la plaza Dorrego, que con tal escenificación me trajo recuerdos de Montmartre.
El pañuelo blanco, símbolo de las Madres de la Plaza de Mayo.
En el elegante barrio de Recoleta, en una soleada mañana de noviembre (primavera en el hemisferio sur), nos tomamos una cerveza en la terraza de La Biela, antiguo y renombrado bar frecuentado en su época por el gran Fangio. Visitamos también el cementerio, donde se encuentra la modesta tumba de Evita Perón, todo un mito argentino. Precisamente era el primero de noviembre, y un simpático viejete, vigilante del cementerio, montado en una modesta bicicleta se ofreció a enseñarnos panteones de personajes interesantes, mientras se lamentaba con cierta amargura de que, a diferencia de antaño, hoy día la gente ya casi no va a visitar a sus difuntos al campo santo: “Antes, el día de los difuntos, los familiares venían a la mañana, se iban a almorzar y a la tarde regresaban al cementerio.”
Otra actividad imprescindible –o imperdible, en argentino— era visitar La Boca, o sea el popular barrio de la ciudad de Buenos Aires situado en la desembocadura del Riachuelo en el Río de la Plata, fundado por genoveses y de inconfundibles casitas de chapa pintadas con vivos colores (se dice que provenientes de la pintura sobrante de los barcos). Hoy en día, el famoso Caminito de La Boca es una zona excesivamente turística, donde el acoso de camareros, tenderos, fotógrafos callejeros, etc., puede llegar a resultar agobiante. Sin embargo, es inevitable pasear por sus aledaños, admirar sus llamativos murales, entrar en sus conventillos –antiguas casas de vecindad, de reducidas habitaciones y muchos inquilinos, con corredores y patios comunes, donde dicen que se forjó el lunfardo (véase la segunda entrega de esta serie), hoy en día reconvertidos las más de las veces en tiendecitas de souvenirs— y …acercarse hasta La Bombonera, el mítico estadio del no menos mítico Club Atlético Boca Juniors o, simplemente, Boca, el equipo con más seguidores de la Argentina y furibundo rival de River (que el año pasado consumó un histórico –y dramático— descenso a Primera B, por lo que esta temporada no habrá clásico). Ya hace tiempo que se enfrió mi vieja pasión futbolera de los días de infancia y adolescencia, pero no quise dejar escapar la oportunidad de visitar una de las canchas más famosas del mundo y visitar el interesante Museo de la Pasión Boquense, donde se pueden ver las esculturas de Maradona, Riquelme y Martín Palermo.

En La Bombonera, cancha de Boca. Al fondo, la '12'. Foto siguiente: interior de un conventillo en La Boca.

Un ambiente completamente distinto al de La Boca (donde al llegar a La Bombonera, un pibe, sentado en el suelo, nos espetó: “¡Los vamos a matar a todos!” inmediatamente seguido de “¿Tenés dos pesos?”) es el de Puerto Madero, la zona del antiguo puerto de la ciudad urbanizada y reconvertida hace pocos años en uno de los barrios más exclusivos y el más caro de la ciudad. Entre sus selectos bares de copas, restaurantes, discotecas, hoteles… se destaca, como gran elemento visible, el moderno Puente de la Mujer, de Calatrava, inaugurado en 2001. Ni que decir tiene que aquí el ambiente es definitivamente concheto (o cheto), es decir, pijo a más no poder (¡cuidado porque pija, en argentino, es otra cosa!).
Y he dejado para el final a Palermo, barrio que algunas guías dicen que fundaron los sicilianos. Una tarde soleada y agradable paseamos por el armonioso Jardín Japonés, donde respiré una verdadera sensación de paz, y por el inmenso Rosedal, en cuyos alrededores pedí un choripán en un puesto mientras veíamos a grupos de jóvenes correr y patinar jovialmente. Ese día, el paseo terminó en el elegantísimo Hipódromo Argentino, exponente de la pasión argentina por el turf, o sea, las carreras de caballos.  En cambio, llegamos a visitar hasta tres veces la zona de Palermo Viejo, que nos enamoró con sus elegantes casas de diversos colores de una o dos plantas (excepcionalmente de más), con el aire bohemio que le dan sus pequeñas librerías y sus bares y restaurantes, con sus tiendas de moda, con su coqueta Plaza Serrano (oficialmente, Plaza Cortázar). Allí tuve el placer de encontrarme con Ana Claudia, amiga periodista de Vilanova que hace medio año que vive en Buenos Aires –pues es un verdadero placer compartir tu tiempo con un amigo tan lejos de casa—, quien nos ayudó a hacernos el barrio y la ciudad más familiares.

Palermo Viejo.
Para acabar este primer capítulo de la serie, paso a explicar nuestra pequeña experiencia gaucha, que pudimos vivir en la estancia La Candelaria, situada en la ciudad de Lobos, en la provincia de Buenos Aires, a unos 100 km de la capital. Según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española, en la América meridional y en Honduras una estancia es una ‘hacienda de campo destinada al cultivo, y más especialmente a la ganadería.’ Hoy en día, la estancia La Candelaria funciona como un establecimiento turístico que ofrece varios servicios donde uno se puede alojar durante diversos días o pasar una típica jornada de campo. Así, aparte de visitar el Castillo (la antigua lujosa casa señorial que hoy hace las veces de hotel), se puede degustar un exquisito asado mientras se asiste a un espectáculo de folklore gaucho. Más tarde, en el campo, unos jinetes hacen una demostración de juegos gauchos, entre los que nos llama la atención uno de habilidad que consiste en que el jinete ha de pasar montado a caballo al galope por debajo de una cuerda de la que pende una sortija e intentar insertar en ella un pequeño palo: automáticamente pensamos en S’ensortilla de Ciutadella (Menorca) y en Sa Sartiglia de Oristano (Cerdeña) (Téngase en cuenta, además, que el catalán sortilla equivale al castellano sortija.) Por la tarde, damos unos agradables paseos en bicicleta y en sulqui (un pequeño carruaje) y, finalmente, montamos a caballo.

 Juegos gauchos en la estancia La Candelaria (Lobos, Buenos Aires).

 Tumba de Evita Perón en el Cementerio de la Recoleta.

dilluns, 28 de novembre de 2011

'Visca la Mare de Déu de la Salut!' (crònica d’un viatge a Algemesí)

Entrada de la imatge de la mare de Déu de la Salut a la basílica (Algemesí). Foto: elsisdoble.

Amb motiu de la proclamació, avui mateix, de les festes de la Mare de Déu de la Salut d'Algemesí (la Ribera, País Valencià) com a Patrimoni Immaterial de la Humanitat per la UNESCO, recupero aquesta crònica que vaig publicar a webcasteller amb motiu de la meva descoberta d'aquesta festa el setembre del 2007.

Divendres 7 de setembre del 2007
Torne a Algemesí, esta volta per a viure en directe les anhelades Festes de la Mare de Déu de la Salut. I ho faig acompanyat de l’amic Eloi Miralles, que em passa a buscar per Tarragona per anar amb el seu cotxe al poble de la Ribera. Anar amb Eloi a Algemesí és més que un privilegi: el 2001, el seu Ajuntament en ple va atorgar-li la Medalla de la Vila en reconeixement a la seua faena de difusió arreu de la muixeranga algemesinenca. No debades, des que l’any 1978 Eloi Miralles va decidir portar la Muixeranga a la festa major de Vilafranca del Penedès, en el que era la primera eixida de l’entremès valencià fora del seu àmbit local, pràcticament no ha deixat de venir cap any a Algemesí per viure en directe la seua festa ni ha deixat de mantenir el contacte amb els seus amics valencians. De fet, són quasi trenta anys fent de cònsol pertot de la muixeranga d’Algemesí.

Per tant, anar a Algemesí amb l’amic Eloi és, com deia, més que un privilegi: és una persona molt coneguda i profundament apreciada en el poble i anant amb ell se m’obriran totes les portes. En el viatge d’anada, aprofite per preguntar-li com va descobrir l’existència de la muixeranga i com va ser que va decidir portar-la a Vilafranca. M’explica que llegint el llibre sobre castells del tarragoní Jordi Morant, en la seua primera edició, es va assabentar de l’existència d’un ball que feia torres humanes a la Ribera Alta. Aleshores, aprofitant un viatge que va fer al País Valencià amb el seu amic Oriol Rossell, un dels fundadors dels Castellers de Vilafranca, va visitar Algemesí i va conèixer Tomàs Pla Romaguera, aleshores mestre de la Muixeranga. Va resultar que el 1978 Eloi va ser anomenat administrador de la festa major vilafranquina i, juntament amb els seus companys de càrrec, va decidir portar la Muixeranga a la seua ciutat. La proposta d’Eloi va causar primer preocupació a Tomàs Pla: “Açò, a mi, me va crear un problema psicològic. Jo li dia a Eloi: ‘Però xe!, com podem anar un poble a jugar contra el Barça?’ Però Eloi em va dir que no tinguera ningun inconvenient, que la gent lo que volia era vore la Muixeranga i les seues evolucions. I anàrem i quedàrem molt bé, perquè ho férem molt bé la Muixeranga d’Algemesí.” Eloi arrodonix l’explicació contant l’anècdota que quan Tomàs Pla va manifestar el seu neguit a Joan Girbés (que l’any següent seria alcalde d’Algemesí i que llavors va acompanyar la Muixeranga a Vilafranca), este li va contestar: “Tomàs, no patixques, que si ells [els castellers] tenen l’aviació, mosatros tenim la infanteria!”

Arribem a Algemesí, sopem en la Cooperativa (magnífica brescada!) i ens n’anem a la plaça Major, d’on està a punt d’eixir la Processó de les Promeses, la primera de les tres que es faran estos dies. Són les deu de la nit i quan arribem a la plaça les dos muixerangues ja estan alçant les seues construccions. La plaça està plena de gom en gom, amb un públic totalment entregat a la seua festa i un ambient preciós: m’agraden les festes de nit, amb els carrers i places il·luminats amb els llums de festa. Em quede en la plaça i comence a fer fotos: no done l’abast, ja que pràcticament tot és nou per a mi. Descobrixc els primers balls de la processó: els bastonets i les bastonetes, les pastoretes (integrat per xiquets i xiquetes), la carxofa, els arquets, les llauradores o el Bolero. A continuació, de la Basílica menor de Sant Jaume, a la plaça Major, ix la Creu barroca i darrere el Guió, davant del qual apareix el ball tal volta més estimat pels algemesinencs, a banda de la muixeranga: els tornejants. Es tracta d’un ball realment peculiar, tant per la manera com van vestits els seus integrants (en què destaquen el seu barret, amb una espècie de malla protectora de la cara, com si foren practicants d’esgrima, i una mena d’espases que fan fimbrar), com per la dansa que executen. L’endemà, quan tenen la deferència de deixar-me visitar el Museu Valencià de la Festa, el seu director, Juli Blasco, ens explica, a mi i a un grup de turistes valencians, que a voltes s’ha relacionat els tornejants amb l’aurresku basc, i certament Juli Blasco ens fa vore les similituds entre estes dos manifestacions folklòriques. Tornant a la processó, al final de tot hi va el tabernacle amb la imatge de la Mare de Déu de la Salut, traslladada pels portants. Només començar la processó, perd Eloi de vista i no el retrobaré fins un parell d’hores després. Però no hi fa res, perquè em deixe portar per la màgia de la festa i per la novetat que tot implica per a mi. A més, durant la processó em trobe casualment amb el bon amic vallenc Joan Climent, que no para de filmar en cap moment amb la seua càmera de vídeo. La història de les coincidències amb Joan Climent a Algemesí és ben curiosa, que ja tots dos ens hi hem trobat dos voltes enguany, primer al mes de maig, en la Trobada de muixerangues, i ara en el marc de les festes patronals. D’altra banda, en les meues anades i vingudes a la recerca d’Eloi, tinc el plaer de retrobar i saludar Tico Esteve, el jove mestre de la Nova Muixeranga, que vaig conèixer i entrevistar al mes de maig passat, durant la Trobada. També em presenten Joan Nàcher, de la Nova Muixeranga, que diu que m’enviaran un exemplar de l’últim número de “La Figuereta”, la revista que editen; i Jaume Adam, president de l’entitat. Aprofite també l’ocasió per saludar Òscar, component dels “verds” (membres de la Nova Muixeranga, ja que el vestit és verd i vermell), amb qui vaig parlar al mes de maig, i l’historiador reusenc Joan Bofarull, bon coneixedor de les muixerangues valencianes i que acaba de publicar el llibre L’origen dels castells. Anàlisi tècnica i històrica (Cossetània Edicions, Valls, 2007), del qual va signant alguns exemplars entre els amics que té ací. Per cert: en el seu treball, Bofarull fa a tots els castellers una encesa invitació a desplaçar-se al País Valencià i conèixer de primera mà la muixeranga, l’avi dels nostres castells.

“Les festes d’Algemesí són pesades”, em comenta Tomàs Pla, referint-se al fet que les processons, efectivament, duren diverses hores (la més llarga pot arribar a les huit hores!) i transcorren amb una lentitud barroca. Esta primera processó de les festes acaba en la Capella de la Troballa, situada a escassos metres de la basílica de Sant Jaume. La capella, conta la tradició, es va construir just en el lloc on va ser trobada la imatge de la Mare de Déu de la Salut, l’any 1247, davall d’una morera. És una capella xiqueteta, en què els festers entren per una porta i n’ixen per una altra. Al final, arriba la imatge de la Mare de Déu i els portants (enmig de la repicada de campanes i el castell de foc, mentre tots els balls dansen alhora) fan tres intents d’entrar a la capella: tiren endavant i retrocedixen i, després de fer-ho tres voltes, finalment entren a la capella. A l’endemà, l’amic Salva Cortés, de la Muixeranga, me n’explica la raó: resulta que quan els veïns van trobar la imatge de la verge, Algemesí era una pedania d’Alzira, que va reclamar la imatge i se la va emportar. Miraculosament, la figura de la Mare de Déu va tornar tota sola a Algemesí, justament al lloc on havia estat trobada, a la morera, però els alzirenys se la van tornar a endur. Això va passar fins a tres vegades, fins que finalment la imatge es quedà definitivament a Algemesí.

Al final de la processó, retrobe finalment Eloi i tots dos decidim que és tard, que estem cansats i que ens n’anem a l’hotel d’Alzira a gitar-nos: l’endemà és la Processoneta del Matí, que ix a les deu de la Capella de la Troballa i acaba a la Basílica de Sant Jaume, i hem de descansar.
'La Sénia', de la Nova Muixeranga d'Algemesí (foto: directe.cat).

Dissabte 8 de setembre del 2007
Tots els festers amb qui tinc ocasió de xarrar em comenten que esta és la millor processó de totes i de seguida comprove que, en efecte, la gent té un afecte especial per este acte de la festa. En la processó ixen els mateixos elements que la nit anterior, però el fet que es faça de dia li conferix un caràcter especial. També és la primera volta que veig el ball, la primera evolució de les muixerangues en qualsevol processó. Es tracta d’un moment molt solemne en què els components de cada muixeranga es distribuïxen en dos files, amb les torxes enceses, i amb música especial executen uns moviments molt cerimoniosos. De nit el veuré en la Processó de Volta General i, sens dubte, sense llum natural el ball guanya espectacularitat.

La processó ix de la Capella de la Troballa i després enfila el carrer Berca, el primer de la vila, on casualment viu Tomàs Pla, just davant del Pouet de la Mare de Déu. Després, quan els diferents balls que integren la processó van arribant a la plaça Major, esperen en la porta de la basílica l’arribada de la Mare de Déu, l’entrada de la qual flanquejaran. Abans, però, els tornejants executen el ball anomenat la Fuga, una estranya i ritual dansa d’uns sis minuts de durada que és molt aplaudida per la gernació que omple la plaça de gom en gom. Ara sí, arriba l’apoteosi: els diversos balls fan alhora les seues evolucions i les dos muixerangues alcen les seues figures a banda i banda d’un passadís pel mig del qual els portants, al tercer intent, fan entrar la imatge de la patrona dins de la basílica. I tot enmig del repicament de campanes, els trons de la pirotècnia, la música dels tabalets i les dolçaines, la Marxa de la ciutat interpretada per la Banda de música i els aplaudiments i crits dels espectadors. L’espectacle, de viva intensitat i de sonoritat barroca, recorda, per exemple, l’entrada de sant Fèlix a Vilafranca del Penedès. Posteriorment, els components de la Muixeranga entren al temple i alcen dos altes de cinc simultànies a l’altar de l’església, en una de les imatges més boniques que he vist estos dies. Alhora, la Nova Muixeranga planta una preciosa Sénia davant del temple.

En algun moment de la Processoneta, davant de la basílica, he tingut el plaer de conèixer el jove Robert, dolçainer algemesinenc, el qual m’explica que s’ha format musicalment a l’Escola Municipal de Dolçainers i Tabaleters. La música de la muixeranga... Va ser Eliseu Climent fill, company meu a Barcelona en el primer any de Filologia el curs 1986/87, la primera persona que em va contar que la música algemesinenca s’havia convertit per als valencianistes en l’himne oficiós del País Valencià, a partir d’un suggeriment de Joan Fuster. Jo la vaig sentir per primera volta en una versió d’un CD del grup petrerí El Terròs, però haver-la sentida tocar ací, a Algemesí, és un vell somni que finalment s’ha complert.

Quan acaba la processó, em conviden a un vermut que es fa en unes dependències que hi ha darrere de l’Ajuntament i Eloi em presenta Ricard Llàcer, arquitecte fill d’Algemesí que ara viu a Benidorm. Li conte que els meus pares i iaios són tots de Petrer (Valls del Vinalopó) i intercanviem alguns dialectalismes: gràcies a ell m’assabente que “renyar” ací es diu “marmolar”, paraula que jo desconeixia enfront de l’alacantí “bonegar”, familiar per a mi. Després me’n vaig amb Tomàs Pla i altres companys seus dels “blaus” (els components de la Muixeranga, ja que el vestit és blau i vermell) a vore la mascletà i, després, al dinar oficial de festa major, com a convidat de la Muixeranga. Així, compartixc taula amb el mateix Tomàs Pla; amb Joan Beltran, actual mestre de la Muixeranga; amb Eloi Miralles i amb Salva Cortés, Carmelo i Enrique. En una altra taula hi ha els amics de la Nova Muixeranga, els quals salude. El dinar és molt agradable i tinc ocasió de parlar un poc més amb Tomàs, valencianista (tots els diumenges va amb el seu fill David a vore els partits del València a Mestalla), aficionat als bous (és abonat de la plaça de bous de la capital, que queda al costat de l’estació del Nord) i, segons em fan vore, prototip del valencià diguem-ne típic. Tomàs ha estat durant trenta anys mestre de la Muixeranga, des que el ball es va reprendre l’any 1973, quan va córrer perill de desaparèixer, i per tant parlar amb ell és una delícia. “Antigament la Muixeranga la formaven bàsicament obrers i pintors”, em conta, “i feen plega: anaven pels balcons i sempre arreplegaven el que podien: un meló, dacsa...” I em recorda que abans ser muixeranguer estava mal vist, ja que el mot significava tant com “malfaener”, “borratxo”.

Després del dinar, em conviden a fer un visita al Museu Valencià de la Festa, dirigit per Juli Blasco. El museu està hui tancat, però aprofitant que hi ha un grup de visitants valencians que el volen vore ens l’obriran a posta. El museu és modèlic en la seua especialitat i recull els aspectes més importants de la Festa de la Mare de Déu de la Salut, una manifestació festiva que està entre les quatre més importants del País Valencià, al costat del Misteri d’Elx, el Sexenni de Morella i el Corpus de València. Després de la visita guiada pel mateix Juli Blasco, tinc l’oportunitat de tenir una interessantíssima conversa amb ell en el seu despatx. Juli em parla de la importància que té museïtzar les festes tradicionals (algunes declarades Patrimoni Immaterial de la Humanitat per la UNESCO), i com ells han seguit estes indicacions de l’alt organisme que vetlla per la cultura a nivell mundial. Sentint l’apassionat discurs de Juli, no puc deixar de pensar en la futura Casa de la Festa que s’inaugurarà a Tarragona (parcialment inspirada en el museu algemesinenc) i en l’anhelat Museu Casteller de Catalunya. A més, parlem també de l’estat actual de la Festa de la Mare de Déu de la Salut. Juli està convençut que la festa té ara mateix una salut de ferro, però no s’està d’assenyalar un canvi que, segons ell, s’està operant en el model festiu d’Algemesí: l’organització de la festa ha canviat: s’ha passat d’una manera quasi espontània de muntar-la (en què els integrants dels diferents balls es reunien tot just un mes abans de la festa i assajaven per poder eixir) a un model més organitzat, basat en associacions de nova creació i que, a diferència d’abans, allarguen la seua activitat durant tot l’any i fins i tot ixen fora d’Algemesí. “No dic que siga millor o pitjor”, explica Juli Blasco, “només constate este canvi.”

A la vesprada, davant de la Basílica de Sant Jaume, ix la Processó de Volta General, l’última d’estos dies, que té una durada aproximada de huit hores –acaba de matinada— i que tanca la festa. En la plaça Major la Muixeranga alça l’Alta de sis, la figura més difícil de tot el repertori de les muixerangues. Hi ha una certa tensió entre els “blaus” mentre es prepara la base i veig un home major que va donant indicacions: “Arrimeu-se, que és la de sis!” I la fan per segona vegada durant estos dies.

Dos altes de cinc de la Muixeranga d'Algemesí a dins de la basílica (foto. levante).
Al començar la processó, Eloi s’acomiada de mi i de tots els seus amics valencians, però jo encara em quede a Algemesí. Aleshores aprofite per perdre’m pels bonics carrers i places del poble tot presenciant, d’una manera anàrquica, esta última processó de les festes. Així, torne a vore com ara i adés s’alcen maries, una figura en què quatre muixeranguers (plantats damunt d’uns altres quatre) alcen un xiquet o una xiqueta amb els seus braços. I veig com, normalment, el menut o la menuda, realment petits, arrenquen a plorar, tal com m’havia avisat l’amic Eloi. Però no hi fa res, ja que esta és una de les fotos més buscades per pares i familiars en general. A boqueta de nit (a poquetai nit, diuen a Petrer, el poble dels meus pares), els carrers i places es comencen a il·luminar. Llavors sent la conversa entre dos germans, d’uns cinc i quatre anys, respectivament, quan veuen passar la Muixeranga: “Pau, ara van a fer una muixeranga més gran que la d’antes!”, diu entusiasmat el germà major al xiquetet. I em sorprenen gratament les amples portalades dels veïns obertes de bat a bat, mostrant unes àmplies entrades (segurament on antigament s’hi deixaven els cavalls i els carros i on ara seuen els amos) i les interioritats de luxoses cases. En l’agradable placeta del Carbó veig unes cadires buides i m’hi assec. S’apropen uns xiquets vestits que em representen el martiri de Santa Bàrbara: formen part dels Misteris i Martiris, interpretats per xicalla, que ixen a les processons. Els done algunes monedes i em reciten els seus encantadors versos.

Davant de la casa dels sogres de Joan Beltran, actual mestre de la Muixeranga, els “blaus” alcen un pi doble (pilar de quatre) que el mateix Beltran, diríem els castellers, para a segons. I el mestre suporta amb bon humor les bromes sornegueres dels seus companys. Després, em convida a passar dins de la casa a prendre cassalla –que jo mescle amb llima—, la beguda típica d’estes festes. Aleshores tinc amb ell una conversa molt edificant en què parlem un poc de tot: de muixerangues i de castells. I Joan em fa vore la gran quantitat de muixerangues (més de 300) que han alçat estos dies. Realment el ritme amb què van alçant les diferents pujades és molt fort i no m’estranya gens que a estes altures de la festa els muixeranguers estiguen exhausts. Siga com siga, esta constatació em recorda una mica les cercaviles castelleres del segle XIX, en què, segons explica el cronista de l’època Ramon Roca i Vilà, les colles feien molts castells. D’altra banda, parlant del sostre actual de les muixerangues (l’Alta de sis), Joan m’explica les dificultats que tenen per superar-lo: “A mosatros mos falta la tècnica.” I després d’elogiar les torres humanes dels govindes de l’Índia, sobre el dilema que tenen els valencians de continuar fent muixerangues o passar a fer castells, Joan rebla el clau: “Més val fer una bona muixeranga que no mals castells.”

Després encara tindré temps d’anar a fer una picaeta a casa de Tomàs Pla, en el carrer Berca, on coneixeré el seu fill, David, i sa filla, Salut, que m’obsequia amb una deliciosa coca bova i unes fogassetes autèntiques. I, més tard, a voltar encara un poquet pels carrers i acomiadar-me dels meus amics valencians; ja passa de mitjanit i el cansament em derrota, per la qual cosa decidixc anar-me’n a l’hotel, a Alzira. Abans de marxar, però, encara tinc temps de sentir paraules amables. “Gràcies per haver vingut a conèixer la festa! Ja saps que en Algemesí ja tens casa!” I aleshores em vénen al cap les fotos que mon iaio, Hipólito Navarro Villaplana, va fer de la Festa de la Mare de Déu de la Salut l’any 1981, en una visita que va fer a Algemesí a posta per conèixer la Muixeranga. El meu avi (1909-1995), cronista oficial i Fill Predilecte de la Vila de Petrer, era un enamorat de la cultura valenciana i per això no m’estranya que els seus passos el portaren fins ací. Vint-i-sis anys després jo també he tingut el plaer de conèixer la festa. Esta meravellosa festa. Gràcies, amics, per tot. Visca la Mare de Déu de la Salut!

Nota: Esta crònica no l’hauria pogut escriure sense la valuosa consulta del treball inèdit La muixeranga, de Raül Sanxis, fundador de la Nova Muixeranga l’any 1997.
           Els tornejants (foto: josepbargallo.wordpress.)