dimecres, 30 de novembre de 2011

Viaje a la Argentina (II). La lengua de los argentinos: el lunfardo


El voseo ('querés' por 'quieres') está presente con toda naturalidad en la publicidad.

Personalmente, el lingüístico era uno de los aspectos más motivadores de este viaje, y ya desde el primer momento en que pisamos suelo argentino pude apreciar las diferencias entre su castellano y el nuestro. Si bien es cierto que, antes de partir, releí el excelente y muy recomendable Diccionario argentino-español para españoles, de Alberto J. Miyara, que un día descubrí por casualidad en Internet, debo decir que en la magnífica librería El Ateneo Grand Splendid de la Avenida Santa Fe de la capital descubrí un libro maravilloso con el que he aprendido mucho: se trata del volumen Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos, de Oscar Conde, profesor en Letras por la Universidad de Buenos Aires (Buenos Aires, Taurus, 2011). En este libro Conde define al lunfardo como el habla coloquial nacida en Buenos Aires, pero extendida más tarde a toda la región del Río de la Plata y  posteriormente al país entero (Conde 2011: 56). (“La región del Río de la Plata incluye buena parte de la provincia de Buenos Aires –con las ciudades de Buenos Aires y La Plata y sus respectivas zonas de influencia—, el sur de las provincias de Entre Ríos y Santa Fe –con la ciudad de Rosario— y la zona urbana de Uruguay –con la ciudad de Montevideo—”, Conde 2011: 499.)

Con esta definición, Conde echa por tierra la teoría, defendida muy a menudo, de que el lunfardo fue en su origen una jerga de los delincuentes porteños. Según Conde, el lunfardo no se diferencia de otros argots (como el slang de los Estados Unidos, el cockney londinense, la gíria brasileña o el parlache colombiano, por poner algunos ejemplos) en los que, lejos de haber una intención críptica o de código secreto, predomina el afán lúdico y transgresor (diferenciarse del registro del español estándar) y cuyo objetivo, por ende, es identitario, ya que funciona como “marcador de cohesión de grupo" (Conde 2011: 486). Así pues, el lunfardo es básicamente un repertorio léxico con palabras distintas de las del español estándar (mina = ‘chica’) o palabras de este registro relexematizadas (usadas con otro significado: coger = ‘copular’).

En cualquier caso, lo que singulariza al lunfardo entre todas las hablas coloquiales del mundo es que en él es bastante mayor el número de préstamos de otras lenguas que participaron  en su configuración inicial, a causa de la gran inmigración que soportó la Argentina entre fines del siglo XIX y la primera veintena del siglo XX.  Así, los préstamos más numerosos son los italianismos, procedentes ya del italiano estándar ya de las diversas lenguas itálicas de los inmigrantes (genovés, napolitano, calabrés, etc.) ya del gergo o furbesco (vocabulario del bajo fondo originario del centro de Italia): laburo (‘trabajo’) y laburar (‘trabajar’), guarda (‘¡cuidado!’), chau, ñoqui, salame (‘persona tonta’), vento (‘dinero’), pibe (‘chico’, del término del gergo pivello), morfar (‘comer’, de morfa = ‘boca’ en gergo)… Pero también los préstamos de otras lenguas han enriquecido el lunfardo: así, por ejemplo, del francés procede fané (‘arruinado’, del participio de se faner = ‘marchitarse’); del inglés, hacer foquifoqui (‘copular’), espiche (‘discurso’, de speech),  luquear (‘vestir y definir el aspecto de una persona’, del substantivo look = ‘aspecto’); del portugués del Brasil, mango (con el sentido de ‘peso’, como en la frase ‘No tengo ni un mango’), otario (‘bobo’), transar (‘mantener relaciones sexuales’); de lenguas africanas, quilombo (‘prostíbulo’, ‘follón’, ‘desorden’), mucama (‘criada’), tango (surgida al parecer de un cruce entre el africanismo tango y el quichuismo tánpu, con el significado de ‘sitio’, ‘reunión’, ‘posada’) y milonga (plural de mulonga, que en quimbundo significa ‘palabra’); del gallego, grela (‘mujer’); del quichua, cancha (‘habilidad que se adquiere con la experiencia’, y de aquí, canchero = ‘experto’, ‘fanfarrón’; cancha, como americanismo, significa ‘ámbito para deportes o espectáculos’). Pero también el español popular, la germanía y el caló han dejado su impronta en el lunfardo a través del éxito del género chico español en la Argentina: afanar (‘robar’), polvo (‘coito’), chorear y chorrear (‘robar’ y de aquí chorro = ‘ladrón’)…

No obstante, uno de los fenómenos que seguramente mejor caracteriza al lunfardo es el denominado vesre, un sistema de creación de palabras a partir de la inversión del orden de sus sílabas (de hecho, vesre es la forma vésrica de revés). Así, hay vesres regulares (como cheno de noche, jermu de mujer, jabru de bruja, feca de café, zabeca de cabeza, yoyega de gallego, bolonqui de quilombo) e irregulares (como yorugua o yoruga de uruguayo, zolcillonca(s) de calzoncillos, atroden de adentro, ajoba de abajo, congomi de conmigo…). Y también son muy frecuentes los juegos idiomáticos, especialmente los paronomásticos: bizcocho por bizco, lenteja por lento, locatelli por loco, vagoneta por vago, tragedia por traje, unesco por uno, confucio por confundido, bejarano por viejo

Respecto a los vesres cabe decir que, en algunas ocasiones, estos no tienen exactamente el mismo significado que su pareja normal: así, cheno no es simplemente ‘noche’, sino más bien ‘ambiente de la noche’; jermu no es ‘cualquier mujer’, sino ‘novia’, ‘esposa’; jabru no es ‘bruja’, sino ‘esposa’, etc.

El voseo se manifiesta en el imperativo ('imprimí' = 'imprime') pero no en el presente de subjuntivo ('quieras').

Ni que decir tiene que el sainete y las letras de tango han funcionado como potentes difusores del lunfardo, que en las últimas décadas se nutre de léxico procedente del rock, del fútbol, de la moda, de los medios de comunicación, del turf (carreras de caballos) y el automovilismo, de la política, de la droga, de léxico juvenil e incluso de léxico de la locura.

En resumen, “el uso del lunfardo supone básicamente una toma de posición, incluso cuando se lo utiliza con el objeto de divertirse. De alguna manera puede considerarse una especie de emblema que al mismo tiempo coloca a sus usuarios fuera de las normas establecidas pero dentro de un grupo, con el consiguiente alivio que puede aportar este sentido de pertenencia” (Conde 2011: 486).

Aun así, conviene tener presente que el uso del lunfardo llegó a estar prohibido por las autoridades argentinas. En efecto, después del golpe militar que la Argentina sufrió en 1943, la censura actuó sobre las transmisiones radiofónicas y las letras de los tangos con el objetivo de “cuidarse con toda escrupulosidad una absoluta corrección en el empleo del idioma castellano, evitando toda palabra del ‘argot’ o bajo fondo y los modismos que los desvirtúan y son tan comunes en el decir corriente, como ‘salí’, ‘andá’, etc., etc.” (Conde 2011: 402). Finalmente, tan ridícula prohibición “se levantó con el gobierno constitucional del presidente Perón, el 26 de marzo de 1949” (El habla de los argentinos: identidad, inmigración y lunfardo, de Roberto L. Martínez y Alejandro, Buenos Aires, Ecu, 2011, p.139). Sin embargo, durante el período de la censura muchos letristas de tangos se vieron obligados a cambiar las letras e incluso los títulos de sus composiciones. Sólo a modo de ejemplo, el tango “La casita de mis viejos” se convirtió en “La casita de mis padres”, mientras que la censura cambió el título “Seguime si podés” por el de “Sígueme si puedes”.

Argentinismos
Una de las enseñanzas más útiles de la lectura del libro de Oscar Conde ha sido descubrir la diferencia entre argentinismo y lunfardismo. El primer concepto hace referencia a aquellas variantes argentinas de la lengua estándar en cuyo uso no hay ni afán lúdico ni intención transgresora: bombacha (‘braga’), factura (‘pasta dulce’), frutilla (‘fresa’), alcancía (‘hucha’), durazno (‘melocotón’), colectivo (‘autobús urbano’), auto (‘coche’), celular (‘móvil’), feta (‘loncha’), remera (‘camiseta de vestir’), chomba (‘polo’, prenda), valija (‘maleta’) … En cambio, forro (con el significado de ‘condón’) es un lunfardismo, pues es un término del habla coloquial rioplatense que identifica como tal a quien lo emplea. De todos modos, cabe decir que no siempre es fácil distinguir un argentinismo de un lunfardismo.

En todo caso, en cuanto al léxico, sí quiero apuntar algunas de las palabras que he oído estos quince días en la Argentina y que más me han llamado la atención (se mezclan argentinismos y lunfardismos). Por ejemplo, pararse en el sentido de ‘ponerse de pie’: lo cierto es que me costó entender lo que significaba --y no precisamente ‘detenerse’ en los contextos en los que oí este verbo--. Así recuerdo que estando de pie viendo un juego gaucho uno de los petiseros me dijo: “¡Señor, no se quede ahí parado!” De manera parecida, mientras un monitor, en Ushuaia, nos daba instrucciones de cómo teníamos que gobernar una canoa, tardé en comprender su indicación cuando nos decía: “Sobre todo, no se paren” (o sea, “no se pongan de pie [en la canoa]”).

 Ejemplo de voseo (un imperativo con pronombre, que no debe pronunciarse /agárrate/, sino /agarráte/) en una tienda de Palermo Viejo.
A continuación, una lista de algunas de estas palabras: heladera (‘nevera’), jugo (‘zumo’, como en jugo de naranja, jugo de pera…), campera (‘chaqueta’), cartera (‘bolso de mujer’), botín (‘bota de fútbol’), pollera (‘falda’), manejar (‘conducir un coche’), chorro (‘ladrón’; en Ushuaia vimos esta leyenda en un cartel: “Ningún pibe nace para chorro”), subte (‘metro’; abreviatura de subterráneo), micro (‘autobús no urbano’), vereda (‘acera’), banquina (‘arcén’), ruta (‘carretera’), picada (‘tapa’), conductor (‘presentador de TV’), cheto (‘pijo’; derivado de concheto), petiso (‘bajo’; uno de los presos más famosos del penal de Ushuaia fue el asesino de niños Cayetano Santos Godino, el Petiso Orejudo), el adjetivo trucho –a (con varios significados: ‘falso’, ‘ilegal’, ‘barato’, ‘de poca calidad’: billete trucho, remera trucha –no oficial—…), pieza (‘habitación’), departamento (‘apartamento’), prender la luz (‘encender la luz’), coima (‘soborno’), reclamo (‘queja’), fila (‘cola’ [en un cine, en la parada de autobús…]), cola (‘culo’, puesto que culo es malsonante)…

Por otra parte, en un país tan futbolístico como la Argentina era inevitable que me fijara en palabras y expresiones de ese ámbito, aunque algunas ya las conocía, como cancha (‘campo’) o arco y arquero (‘portería’ y ‘portero’): competencia (‘competición’), fecha (‘jornada [del calendario]’), gambeta (‘regate’), estar en la punta (‘ir primero o líder en la clasificación’), barra (‘conjunto de hinchas fanáticos’; en lunfardo barra significa también ‘pandilla de amigos’). Fue también en este viaje donde aprendí la diferencia entre La Boca (con artículo, el barrio de la ciudad de Buenos Aires situado en la desembocadura del Riachuelo en el Río de la Plata, fundado por genoveses) y Boca (sin artículo, el equipo de fútbol Club Atlético Boca Juniors), es decir, que los nombres de los equipos argentinos se dicen sin artículo: “Mañana River enfrenta a Independiente”. También aprendí que a los hinchas de Boca se les llama xeneizes (xeneize significa ‘genovés’ en lengua genovesa), chanchos (‘cerdos’, según me dijo un taxista de Boca) o bosteros (derivado de bosta), mientras que los de River son gallinas o millonarios.

Me llamó la atención, también, el uso de los chicos como ‘los niños’, la utilización del verbo contener en la acepción de ‘prestar apoyo moral a alguien’ (por ejemplo, “los psicólogos contienen a los familiares de víctimas de un accidente de tráfico”), el empleo de lugar en vez de sitio en frases como “No hay lugar” (en un aparcamiento), la locución sin dudas (en plural), la expresión año redondo (‘todo el año’)... Igualmente me fijé en que los derivados postverbales de aportar, plantear y entretener no coinciden con los nuestros: aporte (‘aportación’), planteo (‘planteamiento’) y entretención (‘entretenimiento’) [un amable lector argentino me aclara que entretención no es argentino sino chileno. En efecto, lo vi escrito en un cartel en Ushuaia, quizás obra de algún inmigrante chileno].

Ejemplo de voseo (en formas verbales de presente de indicativo) en la publicidad de un bar de Palermo Viejo.

Por otra parte, me di cuenta de que uno de los verbos más empleados por los argentinos es armar, que según el contexto equivaldrá a ‘montar’, ‘organizar’, ‘construir’ o simplemente ‘hacer’. Así, se puede armar un equipo de fútbol (haciendo fichajes), un juguete, una junta directiva…, incluso un jurado puede armar un veredicto.

En otro sentido, en la Argentina se utilizan algunas palabras que no usamos en el español peninsular y que, en cambio, nos serían muy útiles, puesto que expresan conceptos para los que no tenemos una palabra concreta. Es el caso, por ejemplo, de cuadra, que no tiene equivalente en el castellano de España, pues se refiere al espacio de una calle comprendido entre dos esquinas; o los adjetivos cansador (‘que cansa’: “una actividad cansadora”), llenador (‘que llena’: “un plato llenador”), satelital, cambiario

Por otra parte confirmé el uso del verbo sacarse con prendas de ropa (en vez de quitarse, por ejemplo sacarse la remera, sacarse los botines) y me volví a preguntar si no se tratará de un catalanismo (treure’s la roba, traducido como ‘sacarse la ropa’, ya que treure es tanto ‘sacar’ como ‘quitar’ en el catalán del Principado) que comparten algunas variedades del español americano.

Para cerrar el apartado dedicado al léxico comentaré dos cuestiones más. En primer lugar, nuestra primera experiencia con el vesre, cuando un taxista nos dijo que a alguien lo habían metido “en naca”: aunque por el contexto pudiésemos entender el significado de la expresión, fue mucho después cuando conseguimos descifrarla completamente. Así, naca es el vesre de cana, que en lunfardo significa ‘policía’, mientras que meter a alguien en cana (o encanar a alguien) es ‘encarcelarlo’.  Difícil, ¿no?

'Boludo' y 'pelotudo'
En segundo lugar, quisiera comentar el caso de boludo y pelotudo, seguramente dos de las palabras argentinas más conocidas por los españoles pero al mismo tiempo peor (y con menos gracia) usadas. Boludo significa ‘tonto’, ‘imbécil’, ‘poco avispado’ y como tal tiene una fuerte carga peyorativa, si bien es cierto (Conde 2011: 462) que en las últimas décadas, sobre todo entre la gente joven, es creciente su uso como fórmula de tratamiento afectuosa (en una calle de Buenos Aires pude oír decir a una chica que hablaba con su móvil con una amiga: “¿Dónde estás, boluda?”). Sin embargo, con pelotudo no se ha dado este fenómeno, y por lo tanto hay que tener presente que la palabra tiene un significado más despectivo si cabe que el de boludo. Por ello se entenderá perfectamente que sintiera vergüenza ajena cuando el cliente español de un restaurante de San Telmo, queriéndose hacer el gracioso, se dirigió al joven camarero diciéndole: “¡Ven, pelotudo!”: ¿qué cara hubiera puesto él si alguien se le hubiera dirigido diciéndole: “¡Ven, gilipollas!”? Y también recuerdo cómo, en Ushuaia, mientras remábamos en nuestras canoas, un monitor retó (‘riñó’) a un turista catalán por decir “¡Venga, boludo!” con una entonación nulamente argentina.

En el campo de la morfología (aparte del voseo, del que trataré más adelante) me interesó el empleo de luego de como locución prepositiva seguida de verbo, inusual en España (“Lo haremos luego de comer”) o el alto rendimiento del sufijo superlativo re-, similar a nuestro súper-: relindo (‘muy bonito’), rebueno (‘muy bueno’), recheto (‘muy pijo’)… Por otra parte, me sorprendió el uso como invariable del numeral ordinal primer (“la primer ciudad”, “la primer tribu”) y constaté una manera peculiar de hacer un tipo de correlación de tiempos verbales (consecutio temporum) que he oído en otras variedades americanas del español: “La presionaron para que no hable”, “Le dijeron que se calle” (en vez de “La presionaron para que no hablara/hablase”, “Le dijeron que se callara/callase”). (En la foto, uso de 'piso' por 'suelo'').

Por otra parte, también constaté el uso de la locución por ahí (con el verbo en indicativo) como sinónimo de ‘a lo mejor’, ‘quizás’: “Por ahí le gustará el regalo a Paula”, “Le dije que me llamara pero por ahí no pudo”.

El voseo
Seguramente el voseo es, junto con la pronunciación sheista (pronunciar la ll y la y como / ʃ /, es decir, con el sonido que tiene la x del catalán en la palabra caixa, o la sh del inglés en la palabra shoot, o la sc del italiano en la palabra scelta: llamar /ʃamár/; ayer /aʃér/), el rasgo más emblemático del habla de los argentinos.

Pero, ¿en qué consiste exactamente el voseo argentino? Pues básicamente en utilizar el pronombre vos en lugar de y ti como formas de segunda persona singular, y en utilizar unas desinencias verbales especiales en algunos tiempos. Fijémonos, sin embargo, que el voseo es un sistema parcial: verbalmente, sólo afecta al presente de indicativo y al imperativo (“¿Qué hacés, vos?”, “Vení, Carlos!”), mientras que pronominalmente la forma vos convive con la forma te, propia del sistema de (“Te está mirando a vos”).

El actual voseo argentino deriva del tratamiento de vos como forma de cortesía propio del castellano antiguo (“Majestad, haremos lo que vos queráis”). Así, en presente de indicativo, tenemos, en lugar de tú amas, vos amás; en vez de tú haces, vos hacés; en lugar de tú duermes, vos dormís; en imperativo, en lugar de ¡para!, ¡pará!; en vez de ¡sigue!, ¡seguí!. En el caso del imperativo, lógicamente el voseo también afecta a las formas con pronombre: ¡agarrate! (palabra llana) en vez de ¡agárrate! (palabra esdrújula).

Por lo visto, en la Argentina el voseo está completamente extendido e integrado a la norma culta (como muestra, sólo hace falta fijarse en su uso en la publicidad) en el presente de indicativo y el imperativo, y esta circunstancia ha acabado por convertirlo en una señal de identidad argentina. En cambio, en presente de subjuntivo parece ser que se considera un vulgarismo y se evita (“No me hagas reír” por “No me hagás reír”). Finalmente, el voseo no afecta tampoco a las formas del pronombre posesivo: “¿Vos vas a venir con tu con tu auto?”

Por otra parte al hablar del lunfardo ya hemos podido apreciar cómo el voseo también sufrió la absurda prohibición de las autoridades argentinas en el período 1943-49, puesto que se consideraban formas “incorrectas”. Así, la revista Criterio del 17 de junio de 1943 defendía la fiscalización del lenguaje llevada a cabo por las autoridades: “Nuestra revista ha atacado muchas veces […] el lenguaje impropio cuando no decadente y aun grosero de transmisiones radiales y letras de tangos, con el que se nos colocaba injustamente en ridículo ante el extranjero. El lenguaje lunfardo y la imitación de tonalidades plebeyas corrían parejas […] con un castellano bastardo y corrompido” (Conde 2011: 404).

Afortunadamente, más claras tenía las ideas el escritor argentino Ernesto Sabato, que en un artículo publicado en 1966 por la Revista de la Embajada Argentina en Madrid (Martínez-Molinari 2011: 63) escribía lo siguiente: “El español sostiene que los argentinos hablamos mal el castellano. […] Nosotros no hablamos ‘mal’ el castellano: hablamos ‘otro’ castellano, que no es lo mismo. Decimos ‘saco’ a la chaqueta, empleamos el ‘vos’ en lugar de tú, acostumbramos emplear el ‘recién’ sin participio pasado, pronunciamos (en Buenos Aires) el fonema ‘ll’ como ‘y’, no distinguimos entre la ‘z’ y la ‘s’, etc. ¿Y qué? Sólo los viejos gramáticos siguen suponiendo que hay una lengua cristalizada, un dechado supremo al que deben ajustarse los hablantes vivan donde vivan.”

Para acabar esta segunda entrega de nuestro viaje a la Argentina quiero comentar otra cuestión de lengua. Se trata de la adaptación que, consciente o inconscientemente, todo hablante extranjero hace de su habla cuando lleva un tiempo viviendo en otro país que no es el suyo habitual. En este caso me refiero a españoles que llevan ya un tiempo residiendo en la Argentina. Así, la mayoría ya ha integrado una parte importante del nuevo léxico (y así dice auto por coche, heladera por nevera, remera por camiseta, pibe por chico, frutilla por fresa…), proceso que seguramente debe de comenzar por aquellas palabras ‘inadecuadas’ (me imagino que la primera palabra que un español sustituye en la Argentina es coger por agarrar o tomar). Por otra parte, también la mayor parte de estos hablantes suele incorporar la entonación típica argentina, especialmente la de las preguntas. Definitivamente, sin embargo, el fonético es el campo más resistente al cambio y, por ejemplo, son pocas las personas que, aun después de muchos años viviendo en la Argentina, lleguen a sesear, pronunciar la ll y la y con el sonido de / ʃ /…

3 comentaris:

  1. Siendo el "amable lector", nobleza obliga, paso a firmar el Libro de Visitas (firmo en castellano, en catalán no podría jajaja).
    Saludos Xavier,
    Luis.

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  2. Luis:

    ¡Muchas gracias por tu comentario! Ha sido un placer conocerte, aunque de momento sólo sea virtualmente. Y perdona el retraso, pero últimamente he tenido problemas con internet.

    Espero que nos sigamos intercambiando comentarios sobre cuestiones lingüísticas, que tanto nos apasionan.

    Un abrazo.

    Xavier

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  3. Han pasado muchos años de este artículo y por ahí no vas a leer este comentario pero lo voy a hacer igual.
    Respecto a pararse como sinónimo de levantarse o ponerse de pie: no es privativo de los argentinos sino bastante general en América y eso intrigaba a los lingüistas porque no encontraban paralelo en España. Hasta que en una zona rural de Murcia encontraron el mismo uso. Observaron que en esa zona residen descendientes de moriscos que escaparon de la expulsión y, averiguando más, descubrieron que en árabe se usa el mismo verbo con el sentido de detenerse y ponerse de pie. Ello significaba que, pese a las prohibiciones, muchos moriscos escaparon a América y dejaron su huella en el lenguaje.
    Con respecto a la forma particular e inconfundible de pronunciar la ll y la y deriva del portugués y está registrada desde el siglo XVIII. En el siglo XVI la mayoría de la población de Buenos Aires era brasileño portuguesa por que esa ciudad (entonces un pueblo de 5.000 habitantes con 3.100 portugueses) era centro del contrabando contra las rígidas leyes españolas que prohibían el comercio sino era por la ruta Lima a Sevilla. Fijémonos como argentinos y brasileños pronuncian "llamada" "chamada", "lluvia" "chuva", "llegada" etc. y es igual.
    Nosotros no usamos casi nunca el tiempo futuro por eso el ejemplo que das: “Vos vendrás con tu auto” es imposible que lo diga un argentino. Éste dirá: "vos vas a venir con tu auto"
    Roberto Oscar Britos
    robritos@gmail.com
    Un saludo cordial y ojalá lo leas

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