dimarts, 29 de novembre de 2011

Viaje a la Argentina (I): Buenos Aires

En la Plaza de Mayo, ante la Casa Rosada.

Mi primer contacto con la argentinidad probablemente se remonta a las declaraciones a la radio y la televisión de futbolistas argentinos que jugaban en la liga española. Entonces estaba al uso en el mundillo del fútbol el término ‘oriundo’, que se aplicaba a aquellos futbolistas sudamericanos que tenían algún antepasado español que había emigrado a su país a hacer las Américas. Sin ir más lejos, el Hércules –mi equipo— de los años 70 contaba entre sus filas con argentinos tan ilustres en la historia del club como Giuliano, Saccardi, Santoro o Charles, por citar sólo algunos.

Como decía, me imagino que fue entonces, oyendo las entrevistas radiofónicas o televisivas a estos personajes, cuando, poco a poco, fui descubriendo las diferencias que había entre su castellano y el nuestro, diferencias muy apreciables en cuanto al léxico, la fonética y la entonación de las frases.
Ya adolescente, el ámbito futbolístico me permitió descubrir a un periodista radiofónico argentino genial, Héctor del Mar, en las locuciones del ‘partido de la jornada’ que hacía para el ‘Carrusel deportivo’ de la cadena SER, allá a principios de los 80. Y es que estoy convencido de que Del Mar supuso no sólo un revulsivo sino toda una revolución en el anodino panorama radiofónico deportivo español de aquellos años –en que dominaba el cotarro José Mª García—: su estilo atrevido plagado de metáforas, que muchas veces eran casi surrealistas, enseguida me causó fascinación. Así, además de la peculiar entonación que imprimía a su relato y de su dicción exagerada –sobre todo en la pronunciación de la l—, recuerdo sus geniales expresiones (“minuto patito, minuto 22”, “partido guau-guau, partido a cara de perro”, “globo que se eleva, ¡cuidado con los ovnis!”…) o su costumbre, argentinísima, de poner apodos a los jugadores: Tarzán Migueli, Boquerón Esteban, el Buitre del área (Butragueño, con juego paronomástico incluido), el Paul Newman del fútbol español (Maceda), el Señor del fútbol español (Señor), Sandokán Juan José…

Volviendo al relato cronológico, recuerdo que mi segundo contacto directo con la argentinidad se produjo a finales de los 70 cuando una familia argentina llegó a Vilanova i la Geltrú –mi ciudad— huyendo de la dictadura militar de Videla –que mandó en la Argentina de 1976 a 1983— y llevó a sus hijos a mi escuela, la Escola Llebetx. El caso es que en las reuniones de padres del colegio mi madre enseguida hizo amistad con ellos, de manera que a partir de entonces solíamos vernos a menudo. Fue así cómo descubrí que, en la Argentina, gallego era ‘español’, que  tano (años más tarde supe que era la aféresis de ‘napolitano’) significaba ‘italiano’, que concha era ‘coño’ (¡todavía recuerdo cómo se divertía Carlos, el padre de familia, rememorando la anécdota de una vez que, al principio de estar en España, le presentaron a una mujer que se llamaba Conchita!) o que machete era ‘chuleta’ (esta palabra la supe por mi hermano mayor Jorge, a quien Carlos, que le daba repaso de matemáticas, descubrió un día una ‘chuleta’ escrita en la mano después de un examen).
Plaza de la Libertad. Detrás, la imponente Avenida 9 de Julio.

Sin embargo, y a pesar de todos estos antecedentes, el contacto con la argentinidad que más me impactó fue el del curso 1984-85. Yo, entonces, pasé aquel curso académico en Suiza, viviendo en una familia autóctona en un pueblecito cerca de Zúrich (Mettmenstetten) y yendo a un instituto (Realgymnasium de la Kantonsschüle Rämibühl) de la misma ciudad, en un programa de intercambio de la organización AFS Intercultural Programs (en España, actualmente, AFSE Intercultura). En total éramos unos sesenta estudiantes de todo el mundo (la mayoría, estadounidenses) repartidos por toda Suiza. Pues bien, en el campamento inicial de bienvenida donde nos reunimos todos, tuve el placer de conocer a dos chicos argentinos con quienes enseguida trabé una gran amistad: Matías Ameriso, de Rosario, y Ana Scarabino, de Mendoza. Porque esta relación se forjó en los numerosos encuentros y horas compartidos en Zúrich, pues tuvimos la suerte de que los tres residíamos en la misma zona. De hecho, durante aquel curso tuvimos una gran relación todos los estudiantes castellanohablantes que estábamos en Suiza: además de Ana, Matías y yo: Pablo, Mónica y Karina, de Ecuador; Choui y Gabriela, de México, y Nekane, de Pamplona. Recuerdo que nos llamábamos con orgullo “los latinos” y que juntos nos divertíamos descubriendo las particularidades de nuestros castellanos. Fue así cómo Matías y Ana me enseñaron argentinismos y lunfardismos como manteca (‘mantequilla’), colectivo (‘autobús urbano’), ¡macanudo! (‘¡guay!’), ruta (‘carretera’), el uso de ¿viste? como nuestro ‘¿sabes?’, ¡tirame las agujas! (un modismo lunfardo de moda en aquella época con el que se pedía la hora)…

Sea como fuere, parece ser que todos estos contactos con la argentinidad fueron despertando en mí las ganas de viajar un día a la Argentina y conocer mejor ese país y a sus habitantes. Y, por fin, el gran momento ha llegado (recuerdo que siempre pensé que la Argentina tendría que ser el primer país latinoamericano que visitara): del 28 de octubre al 12 de noviembre pasados estuve en la República Argentina en un viaje que Elena y yo hicimos a Buenos Aires para visitar a su prima Concha (¡ya es mala suerte llamarse así e irse a vivir a la Argentina!) y a su marido Míchel, que hace algo más de un año que residen allí. Aparte de la capital, también estuvimos en la Patagonia: visitando el imponente glaciar Perito Moreno y la maravillosa Tierra del Fuego, para lo que nos desplazamos hasta Ushuaia, la ciudad más austral del planeta.
‘Mis’ Buenos Aires queridos
Muchas veces, cuando visitamos por primera vez una ciudad, tenemos como referente previo alguna película a la que la asociamos automáticamente (esta idea se la oí desarrollar al director de cine español José Luis Garci en una de las tertulias de su programa de televisión “¡Qué grande es el cine!”). Así, está la Roma de Vacanze romane (Vacaciones en Roma) o de La dolce vita, el Nápoles de Viaggio in Italia (Te querré siempre), el San Francisco de Vértigo, el Nueva York de An affair to remember (Tú y yo), el París de la antigua Moulin rouge o Un americano en París (por más que sea una ciudad de decorados), La Habana de Fresa y chocolate... Y está también el Buenos Aires de Gilda, aunque, paradójicamente, se trate de un Buenos Aires exclusivamente de interiores (casi toda la historia transcurre en el casino que es escenario de la tormentosa relación entre Glenn Ford y Rita Hayworth).
En mi caso, en mi corta estancia en la capital argentina he tenido la oportunidad de visitar varios Buenos Aires: el Buenos Aires de las grandes avenidas y de las enormes plazas; el Buenos Aires de los numerosos monumentos y edificios neoclásicos; el Buenos Aires de las librerías, las disquerías, los cines y los teatros; el Buenos Aires de los restaurantes, bares y cafés; el Buenos Aires de los taxistas; el Buenos Aires de sus barrios y topónimos: Palermo, San Telmo, La Boca, Centro, Microcentro, Recoleta, Retiro, Puerto Madero…; el Buenos Aires de su gente, los porteños; del lunfardo; del fútbol…
Librería El Ateneo-Grand Splendid, en la Avenida Santa Fe.
Para mí, uno de los grandes atractivos del viaje era el Buenos Aires de sus numerosísimas librerías, como las de la Avenida Corrientes (vía urbana en la que se concentran casi todos los cines y teatros de la ciudad), aunque, en general, me pareció que estas no eran especialmente bonitas, si bien reunían un fondo de volúmenes muy apreciable. En cambio, me robaron el corazón la Librería de Ávila, El Ateneo y El túnel, entre muchas otras en las que lamentablemente por falta de tiempo no pude deleitarme como me hubiera gustado. La Librería de Ávila, antigua Librería del Colegio (esquina Bolívar y Alsina), fue literalmente un descubrimiento, pues nuestro impreciso callejear porteño por el centro nos llevó accidentalmente hasta ella: grande, amplia, elegante, contiene un fondo excelente de libros antiguos y modernos sobre la ciudad. En la Avenida Santa Fe está El Ateneo-Grand Splendid, seguramente la librería más turística de Buenos Aires, pues se halla ubicada en el antiguo Grand Splendid, un cine de los de antes, con su platea, sus palcos y su escenario, que hoy forman un bello y elegante recinto repleto de libros, películas y música. Sin embargo, su sección de lingüística me decepcionó un poco por lo exiguo de su fondo, lo que no impidió que adquiriera un libro que devoré literalmente los siguientes días (Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos, de Óscar Conde, del que hablo con más detalle en la segunda entrega de esta serie). La alegría, en cambio, me la dio la sección de DVD, ya que allí encontré una película descatalogada en España: Viaggio in Italia, film de 1954 de Roberto Rosselini, que aquí fue absurdamente traducido como Te querré siempre; curiosamente, la traducción del título en la versión argentina es Viaje en Italia (aunque hubiera sido perfecto Viaje a Italia). Otra diferencia es que el DVD argentino sólo contiene la versión original en italiano, con la opción de subtítulos en castellano; es decir, no hay versión doblada al español.
   En el Teatro Colón.

Finalmente, en la Avenida de Mayo, y muy cerca del mítico Café Tortoni (punto de encuentro de músicos y escritores de la talla de Carlos Gardel y Jorge Luis Borges), descubrimos El túnel (como la novela de Ernesto Sabato), una pequeña librería de viejo donde me dejé seducir por una Antología didáctica de la prosa argentina (Kapelusz, Buenos Aires, 1954), de Leopoldo Marechal y Elbia R. de Marechal.

En la capital federal de la República Argentina coger un taxi (mejor, agarrar o tomar un taxi, en la lengua autóctona) es mucho más barato que en Tarragona. Confieso que, en su día, fui en cierto modo adicto a este medio cómodo, distraído y hasta interesante de desplazarse por una gran ciudad, por lo que la diferencia de precio me impulsó a frecuentar los taxis porteños. Me pareció de entrada que el taxista argentino tutea más que el nuestro (curiosamente, me dijeron que los argentinos llaman tutear –y no vosear, como parece que correspondería— a usar el vos, que es el tratamiento de máxima familiaridad), cosa que en ningún momento me molestó, pues además me di pronto cuenta de que es costumbre general en el país. Como en otros sitios, hay taxistas que son buenos conversadores, especialmente cuando se habla de fútbol: así fue como coincidimos con un chofer (nunca chófer en la Argentina) que era hincha de Boca y entusiasta simpatizante del Barça (hablaba con naturalidad de ‘Pep’ siempre que se refería a Guardiola) hasta el punto de llevar en el celular (móvil) el escudo del equipo catalán, con otro –este, en Ushuaia—, que nos criticó a Messi (“¡Que se quede en el Barcelona, que acá con la selección no hace nada!”) y con uno de más edad que era seguidor de San Lorenzo de Almagro, muy simpático y que solía adornar su discurso con alguna referencia a letras de tangos desconocidos por nosotros.
Pero también los había --taxistas-- a quien no molestaba responder a nuestras preguntas sobre la situación política y económica actual del país, después de la crisis de 2001. Fue así como un chofer, hablando de todo ello, defendió los logros del kirchnerismo al mismo tiempo que se despachaba a gusto con el a su modo de ver excesivo poder del presidente del gremio de transportistas y patrono suyo. Por cierto: llama la atención la general habilidad de los argentinos a la hora de elaborar sus discursos, la precisión en el uso de la lengua y la bondad de la construcción sintáctica; como, por otra parte, el fenómeno no esporádico, sino más bien mayoritario –si bien puede haber excepciones—, se deduce que tal dominio oratorio debe de tener su causa en una educación escolar que se ha preocupado por la expresión lingüística, preocupación rara en nuestra tradición académica más reciente, que hace tanto tiempo ya que abandonó el estudio de la retórica. (Probablemente tenga que ver con esta sensibilidad por el lenguaje el hecho de que, en una terraza de Palermo Viejo, en un desfile de pedigüeños, un joven me pidiera la voluntad a cambio de un cuadernillo de fotocopias que contenía sus “pensamientos y reflexiones”.)

   Un bife jugoso de chorizo.

Por otra parte, el Buenos Aires de los restaurantes (por cierto, me pareció que allí se usaba la variante restorán, oída aquí esporádicamente cuando era niño), de los bares, de los cafés y también de la tiendas nos permitió confirmar –ya nos lo habían comentado antes de partir— la diferencia respecto a nuestro país en el trato que el personal brinda al cliente: mucho más amable, agradable, alegre y menos crispado que el que es norma por estos lares. Así, tras el jovial “¡Hola, ¿cómo estás?” (a cuya pregunta aprendimos que no había que contestar, pues está lexicalizada ya en la fórmula de saludo), una amabilidad nada cargante presidía la relación con el cliente, que finalizaba con un “¡Por favor!” de briosa entonación después de dar las gracias. (Por cierto, la diferencia la pudimos percibir nada más pisar suelo argentino, pues el empleado de la aduana del aeropuerto de Ezeiza, en el control de pasaportes, me atendió con una amabilidad impropia entre el funcionariado de nuestro país.) Sin duda, en este apartado hay que hablar del Buenos Aires gastronómico –mejor sería de la Argentina gastronómica— para volver a cantar, una vez más, las excelencias de su carne (y os lo dice un carnívoro practicante), de sus jugosos bifes de lomo o chorizo, sus vacíos, sus matambres, sus chinchulines, sus morcillas…; en definitiva, de su asado.

Del Buenos Aires de la música, tenemos que decir que tuvimos la gran suerte de asistir –gracias a Nahuel y Jessica—, en el Teatro del Viejo Mercado del barrio del Abasto (detrás del shopping del mismo nombre, que antaño fue el inmenso mercado de fruta y verdura de Abasto), a un concierto de la magnífica Orquesta Popular de Cámara Chango Farías Gómez, comandada, después del fallecimiento del Chango Farías el pasado mes de agosto, por el carismático Rubén Mono Izarrualde, que ofreció un excelente repertorio de tango y folklore argentino en un entrañable local donde pudimos cenar unas pizzas –¡deliciosas, como las italianas!— mientras disfrutábamos de la música. Igualmente inolvidable fue la asistencia al brillante espectáculo de teatro, tango y humor del legendario Café Tortoni, de la Avenida de Mayo, muy bueno a pesar de ser turístico.
Espectáculo de tango en el legendario Café Tortoni.

Durante nuestra estancia –o estadía— en Buenos Aires tuvimos la suerte de estar alojados en pleno centro de la ciudad, a dos pasos de la imponente Avenida 9 de Julio (creo haber leído que es una de las calles más anchas del mundo), donde se alza, majestuoso, el Obelisco, y muy cerquita del precioso Teatro Colón (donde asistimos a la representación del ballet Manon), de la Avenida Corrientes, de la Avenida Santa Fe... De hecho, desde allí fuimos, callejeando, hasta la Plaza de Mayo (donde está la Casa Rosada, el Cabildo y la Catedral), parcialmente ocupada esos días por veteranos de la nefasta Guerra de las Malvinas (1982) que reclamaban justicia, se manifestaban contra el olvido y reivindicaban la argentinidad del archipiélago. Por cierto: en el suelo de la plaza está dibujado un gran pañuelo blanco, símbolo de las Madres de la Plaza de Mayo. Desde allí, siempre a pie, después de cruzar una festiva manifestación de docentes de la escuela pública ante la Municipalidad, nos acercamos a San Telmo, barrio de tiendas peculiares y calles de adoquines que los domingos por la mañana acoge un concurrido y animado mercado de antigüedades al aire libre, en cuyo recorrido uno encuentra músicos, imitadores de Carlos Gardel, vendedores de empanadas y jugos, alegres batucadas y parejas bailando tango en la plaza Dorrego, que con tal escenificación me trajo recuerdos de Montmartre.
El pañuelo blanco, símbolo de las Madres de la Plaza de Mayo.
En el elegante barrio de Recoleta, en una soleada mañana de noviembre (primavera en el hemisferio sur), nos tomamos una cerveza en la terraza de La Biela, antiguo y renombrado bar frecuentado en su época por el gran Fangio. Visitamos también el cementerio, donde se encuentra la modesta tumba de Evita Perón, todo un mito argentino. Precisamente era el primero de noviembre, y un simpático viejete, vigilante del cementerio, montado en una modesta bicicleta se ofreció a enseñarnos panteones de personajes interesantes, mientras se lamentaba con cierta amargura de que, a diferencia de antaño, hoy día la gente ya casi no va a visitar a sus difuntos al campo santo: “Antes, el día de los difuntos, los familiares venían a la mañana, se iban a almorzar y a la tarde regresaban al cementerio.”
Otra actividad imprescindible –o imperdible, en argentino— era visitar La Boca, o sea el popular barrio de la ciudad de Buenos Aires situado en la desembocadura del Riachuelo en el Río de la Plata, fundado por genoveses y de inconfundibles casitas de chapa pintadas con vivos colores (se dice que provenientes de la pintura sobrante de los barcos). Hoy en día, el famoso Caminito de La Boca es una zona excesivamente turística, donde el acoso de camareros, tenderos, fotógrafos callejeros, etc., puede llegar a resultar agobiante. Sin embargo, es inevitable pasear por sus aledaños, admirar sus llamativos murales, entrar en sus conventillos –antiguas casas de vecindad, de reducidas habitaciones y muchos inquilinos, con corredores y patios comunes, donde dicen que se forjó el lunfardo (véase la segunda entrega de esta serie), hoy en día reconvertidos las más de las veces en tiendecitas de souvenirs— y …acercarse hasta La Bombonera, el mítico estadio del no menos mítico Club Atlético Boca Juniors o, simplemente, Boca, el equipo con más seguidores de la Argentina y furibundo rival de River (que el año pasado consumó un histórico –y dramático— descenso a Primera B, por lo que esta temporada no habrá clásico). Ya hace tiempo que se enfrió mi vieja pasión futbolera de los días de infancia y adolescencia, pero no quise dejar escapar la oportunidad de visitar una de las canchas más famosas del mundo y visitar el interesante Museo de la Pasión Boquense, donde se pueden ver las esculturas de Maradona, Riquelme y Martín Palermo.

En La Bombonera, cancha de Boca. Al fondo, la '12'. Foto siguiente: interior de un conventillo en La Boca.

Un ambiente completamente distinto al de La Boca (donde al llegar a La Bombonera, un pibe, sentado en el suelo, nos espetó: “¡Los vamos a matar a todos!” inmediatamente seguido de “¿Tenés dos pesos?”) es el de Puerto Madero, la zona del antiguo puerto de la ciudad urbanizada y reconvertida hace pocos años en uno de los barrios más exclusivos y el más caro de la ciudad. Entre sus selectos bares de copas, restaurantes, discotecas, hoteles… se destaca, como gran elemento visible, el moderno Puente de la Mujer, de Calatrava, inaugurado en 2001. Ni que decir tiene que aquí el ambiente es definitivamente concheto (o cheto), es decir, pijo a más no poder (¡cuidado porque pija, en argentino, es otra cosa!).
Y he dejado para el final a Palermo, barrio que algunas guías dicen que fundaron los sicilianos. Una tarde soleada y agradable paseamos por el armonioso Jardín Japonés, donde respiré una verdadera sensación de paz, y por el inmenso Rosedal, en cuyos alrededores pedí un choripán en un puesto mientras veíamos a grupos de jóvenes correr y patinar jovialmente. Ese día, el paseo terminó en el elegantísimo Hipódromo Argentino, exponente de la pasión argentina por el turf, o sea, las carreras de caballos.  En cambio, llegamos a visitar hasta tres veces la zona de Palermo Viejo, que nos enamoró con sus elegantes casas de diversos colores de una o dos plantas (excepcionalmente de más), con el aire bohemio que le dan sus pequeñas librerías y sus bares y restaurantes, con sus tiendas de moda, con su coqueta Plaza Serrano (oficialmente, Plaza Cortázar). Allí tuve el placer de encontrarme con Ana Claudia, amiga periodista de Vilanova que hace medio año que vive en Buenos Aires –pues es un verdadero placer compartir tu tiempo con un amigo tan lejos de casa—, quien nos ayudó a hacernos el barrio y la ciudad más familiares.

Palermo Viejo.
Para acabar este primer capítulo de la serie, paso a explicar nuestra pequeña experiencia gaucha, que pudimos vivir en la estancia La Candelaria, situada en la ciudad de Lobos, en la provincia de Buenos Aires, a unos 100 km de la capital. Según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española, en la América meridional y en Honduras una estancia es una ‘hacienda de campo destinada al cultivo, y más especialmente a la ganadería.’ Hoy en día, la estancia La Candelaria funciona como un establecimiento turístico que ofrece varios servicios donde uno se puede alojar durante diversos días o pasar una típica jornada de campo. Así, aparte de visitar el Castillo (la antigua lujosa casa señorial que hoy hace las veces de hotel), se puede degustar un exquisito asado mientras se asiste a un espectáculo de folklore gaucho. Más tarde, en el campo, unos jinetes hacen una demostración de juegos gauchos, entre los que nos llama la atención uno de habilidad que consiste en que el jinete ha de pasar montado a caballo al galope por debajo de una cuerda de la que pende una sortija e intentar insertar en ella un pequeño palo: automáticamente pensamos en S’ensortilla de Ciutadella (Menorca) y en Sa Sartiglia de Oristano (Cerdeña) (Téngase en cuenta, además, que el catalán sortilla equivale al castellano sortija.) Por la tarde, damos unos agradables paseos en bicicleta y en sulqui (un pequeño carruaje) y, finalmente, montamos a caballo.

 Juegos gauchos en la estancia La Candelaria (Lobos, Buenos Aires).

 Tumba de Evita Perón en el Cementerio de la Recoleta.

3 comentaris:

  1. Hola! Excelente entrada, me ha gustado mucho lo que has escrito Xavier. Parece que la has pasado de maravilla y espero que asi haya sido! En que hoteles en argentina te has hospedado?? Saludos

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  2. ¡Muchas gracias, Camila! La verdad es que la Argentina y los argentinos nos enamoraron: fue un gran viaje, y, por supuesto, nos quedamos con las ganas de volverlo a visitar.

    En Buenos Aires estuvimos en casa de un familiar, pero en El Calafate nos alojamos en ¡Che, lagarto! (nos gustó el trato y el ambiente juvenil), mientras que en Ushuaia estuvimos en La rosa de los vientos (muy bueno; muy recomendable).

    ¡Un abrazo y felices fiestas!

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  3. Xavier, Carlos hubiera disfrutado un montón con este blog, ya que le encantaba saber de donde venían las palabras. Aprendía catalán a base de las palabras cruzadas de Tísner en la Vanguardia. No sabés como te agradezco el recuerdo.
    Un beso enorme

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